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martes, 18 de septiembre de 2012

Ojos de silencio

Guillermo Hardwick




          L
o vi por primera vez en una casi irreal, estación ferroviaria. Recuerdo que esperábamos con Juanjo la llegada del tren para viajar a Constitución. Estaba a poca distancia de nosotros, y sólo visible por segundos, mezclado entre el gentío que se apretujaba ante el arribo del tren.

          La aparición de aquél desconocido era como si los sucesos de una antigua pesadilla, inesperadamente, se hubieran hecho realidad. Sin duda, ese repentino encuentro (nada casual) que atribuyo -ahora- a cierto capricho antojadizo de mi subconsciente, me había inquietado. Y mi temor debía haber sido evidente en ese momento por el tono con que Juanjo me decía algo así como “qué me pasaba que tenía esa cara de espanto, que el tren ya estaba en movimiento y qué esperaba para subir que él me ayudaba con el brazo, pero qué estúpido era que casi me mataba si no me agarraba con fuerza...”
           Confundido, me disculpé por mi torpeza y porque, en realidad, él estaba tan asustado como yo, y qué le íbamos a hacer, eran cosas que pasaban...

            Pocos días más tarde volví a encontrarlo, esta vez en la Biblioteca Municipal. Ocupaba un rincón poco iluminado en el fondo del salón de lectura. Atemorizado y tenso, lo observé de reojo varios minutos. Recuerdo claramente la forma curiosa y tan singular con que pasaba las hojas del libro que leía. Su rostro semioculto en la penumbra parecía despojado de rasgos. Era muy extraño: algo así como ver una foto muy vieja de alguien que aún no había nacido; o como si, en pesadillas lejanas, hubiera visto cada gesto, cada expresión suya.
             Sin embargo... quién era.
            Qué extrañas razones me impedían reconocerlo. Tal vez un mínimo indicio me ayude–, medité.
            Debía enfrentar, entonces, la situación y develar la incógnita. Tomé fuerzas y me acerque a él. Cuidando el tono justo de voz para no molestar a los pocos lectores de esa hora agónica, me incliné levemente y lo miré con resolución. Era la primera vez que lo miraba así.
            -”Perdón, señor...” -dije. Por un instante creí ser devorado por el individuo. Alertado por mi actitud, levantó los ojos y me observó un momento. A pesar de no distinguirlo claramente sentí el hielo de su mirada. Fue un instante eterno. Luego recorrió la sala escrutando todo a su alrededor. Parecía tan real y sin embargo era como si no estuviera allí, como si fuera un fantasma visible, una imagen virtual. Concluyó su observación y sin responderme se refugió nuevamente en la lectura.
             Bajé la vista sonrojado ante las miradas secas de los habitantes de ese universo silencioso e inmóvil. Sólo después de un rato volví a levantarla y advertí que el desconocido se había marchado.

              Varias semanas después, en las cercanías de la Estación Liniers del ferrocarril, ocurrió un nuevo hecho.
              No estoy seguro, en realidad, si lo vi antes y tropecé, o si al dar contra unas baldosas apiladas desvié la mirada involuntariamente hacia el otro extremo de la calle, precisamente por donde caminaba el desconocido. Puedo asegurar, en cambio, que sentí la misma sensación de temor que me inmovilizara en los encuentros anteriores y una repentina necesidad de no ser descubierto. Se me ocurrió que no debía perderlo de vista.
             -Tengo que seguirlo-, me dije. Ese andar me resultaba demasiado familiar. Tenía la certidumbre de conocer esa manera de caminar, meciendo levemente el cuerpo hacia los costados, arrojando los brazos con cuidada informalidad, sosteniendo el torso erguido hasta la hidalguía.
            Luego de haber caminado varias cuadras tras él, me detuve en un paso a nivel y observé que cruzaba las vías. Iba a continuar la marcha cuando en ese mismo instante, un bocinazo me sacudió. No había advertido la llegada de un tren a la estación. Di un salto hacia atrás, espantado para evitar que me atropelle.
            -Otra vez-, murmuré, temblando de susto. Miré al otro lado de las vías, y nuevamente el extraño había desaparecido.
            Esa tarde no podía dejar de pensar en la extraña coincidencia de haber sufrido algún percance en cada encuentro.
            Sentí temor. Esta circunstancia era tal vez una advertencia premonitoria, un sutil presagio de algo que habría ocurrido alguna vez y que, probablemente, volvería a ocurrir. Alarmado por esta sospecha, creí necesario prever futuros encuentros. Incluso, no sería mala idea modificar mis hábitos cotidianos, reflexioné.
            Resolví, entonces, preparar una especie de estrategia. Debía evitar toda rutina: los horarios de trabajo, las horas de descanso, los abúlicos encuentros con Eugenia (progresiva infrecuencia destinada al olvido) e incluso las visitas a sitios que hasta ese momento eran de mi predilección. Además, comprendí que era necesario iniciar una minuciosa búsqueda retrospectiva en los rincones más lejanos de mi pasado. Mediante laberínticos itinerarios debería recorrer lugares olvidados, distantes. Miles de sitios imprevisibles me aguardaban.
            La tarde en que encontré a Juanjo (en honor a la verdad él me encontró a mí) agotamos el tema de mi extraña, según él, transfiguración. “...Que estaba raro, decía, porque eso de ir absurdamente de aquí para allá recorriendo como un autómata lugares dispares tratando de encontrar rastros de ese desconocido del que le hablaba todo el tiempo era difícil de aceptar, sobre todo en una persona centrada como yo. Y que como amigo personal se veía en la obligación de hacerme entrar en razón, porque no era nada normal todo esto y...”
            Recuerdo que le respondí con ingenuidad “qué era lo anormal” y él, mirándome molesto afirmaba que “en realidad, yo pretendía huir de ese individuo, ya que a los únicos lugares adonde no se me había ocurrido volver era, precisamente a aquellos donde se produjeron los encuentros. Que mi obstinada búsqueda era, en realidad, un pretexto para ocultar una fuga inexplicable.” Creo que le dije imbécil (o lo pensé), no estoy seguro. Cuando nos despedimos, agriamente, sabía que no volveríamos a vernos más. (Poco tiempo después me enteré ocasionalmente que había fallecido de un ataque cardíaco) Recuerdo que en aquél instante me sentí culpable por el adjetivo que abruptamente le dediqué en nuestra última charla. Lo cierto es que esa fue la última vez que vi a Juanjo. Durante un tiempo me apenó esa ruptura inútil. Aunque-lo admito-, pronto reanudé la empecinada búsqueda. Era necesario hacer una revisión de todo lo acontecido, desde el primer encuentro en aquél andén de estación.
            Varias semanas más tarde, al regresar de un paseo, tuve una idea: quizás podría encontrar la forma de calcular dónde y cuándo sería el próximo contacto con el desconocido. Parecía disparatado y simple al mismo tiempo. Si combinaba los datos de los sitios donde se produjeron los encuentros con los horarios y las frecuencias de tiempo entre ellos, tal vez lograría obtener algún resultado.
            Sería una labor cautivante aunque nada fácil, imaginé. Sin pensarlo demasiado, puse manos a la obra.
            Seleccioné en la computadora varios programas con mapas y croquis de calles e imaginé algunas fórmulas. Luego, preparé archivos, anoté datos, fechas, horarios y agrupé convenientemente todos los parámetros.
            Y entonces, comencé la fascinante búsqueda.
            Fueron fatigosas vigilias. Al principio, la decepción de los primeros intentos me angustiaba. No encontraba la manera de combinar las fórmulas; sentía que no me conducían a ninguna parte. Luego, fue probar una y otra vez; ensamblar los términos en las variables, combinar de mil formas diferentes los parámetros con las líneas de tiempo y cruzar cientos de resultados con otros cientos de variables. Reconozco que varias veces me sentí ridículo y pensé en renunciar, sin embargo siempre conseguía reponerme y continuar.
             Hasta que, finalmente, después de muchas horas, jornadas y días de perseverancia pude encontrar las tres respuestas buscadas: el lugar, la fecha y la hora exacta del próximo encuentro.
            ¡Casi no podía creer lo que había logrado! (sospecho que esto resulta muy difícil de creer, pero aseguro que es absolutamente real)
            El sitio resultó ser una esquina céntrica, populosa y febril en horas de la mañana. El plazo, seis días y seis horas.
            Recuerdo que mi ansiedad apenas superaba a mi asombro. Y no era para menos; explorar los dominios del futuro resultaba sin duda un hecho prodigioso. Quién hubiese pensado que esos encuentros fortuitos me hubieran permitido ensamblar el pasado con el futuro, meditaba.
            ¿Qué razones metafísicas me habrían impulsado a ese inexorable destino?
            Me sentía exaltado y fascinado a la vez.
            Aguardé ese día con incontenible ansiedad. Premeditadamente evité acercarme al sitio calculado. Hubiera sido una trasgresión inútil y probablemente fatídica. Después de todo, era imposible alterar la realidad.
            La espera, lo reconozco, fue angustiosa.
           Durante ese tiempo muerto solo pensaba en el instante del encuentro y en la actitud que debería tomar frente al desconocido. Esperar que me hable, saludarlo primero, estrechar su mano, nada me parecía apropiado… 
            Finalmente, decidí que lo mejor sería la espontaneidad.
            Hasta que, por fin, llegó el día previsto.
            Me golpeaba con furia el corazón cuando caminé el último tramo hasta el lugar, prácticamente sobre la hora. Como un centinela, me aposté exactamente en el sitio calculado, la esquina de la sucursal del Banco Provincia. Desde allí, mi mirada se incrustaba en los cientos de rostros sin forma de una muchedumbre que exasperaba esas horas tempranas.
            El primer minuto de espera fue interminable; los siguientes, una eternidad…
            Entonces, comencé a pensar en lo ridículo de todos esos cálculos y recorridos y en cómo me había dejado llevar absurdamente por esa estúpida idea... cuando, exactamente seis minutos después de la hora prevista, divisé al desconocido que avanzaba directamente hacia mí. Su clara displicencia, el rítmico bamboleo, el torso erguido.
            Me quedé mudo. Solo atiné a sonreír nerviosamente cuando estaba a pocos metros y sentí sus ojos clavados en los míos. Parecía que me observaba con alguna extraña intención, aunque su mirada estaba vacía, asombrosamente inexpresiva como los ojos de un cadáver.
            “Ojos de silencio...”-pensé.
            Fue cuando quedé petrificado. Ni moverme pude cuando me vi pasar y sin poder reaccionar me observé alejarme y turbado por esa visión me seguí y con desesperación traté de darme alcance entre los transeúntes que se interponían y sentí los empujones de sus prisas y al cruzar la calle me distrajo un taxi que de improviso apuró el cruce del semáforo y casi me atropella...
            Cuando reaccioné, ya era tarde. El individuo se había perdido entre la gente.
            Sólo después de cierto tiempo comprendí que aquél sería el último encuentro. Desde entonces, jamás lo volví a ver.
            Y tal vez nunca pueda admitir que ese singular desconocido, era yo mismo.


* * *

1 comentario:

  1. ¡Genial! Hay una constante en tus cuentos, en el recorrido de tus historias: el tiempo, la muerte, lo racional vs. lo metafísico, los presentimientos que operan como antesala frente a lo que podría ocurrir, lo laberíntico de las búsquedas hasta encontrar lo ansiadamente perseguido, los cálculos rastrados con minuciosidad, los sueños, los elementos verosímiles para darle forma a lo fantástico. Y tu "yo" borgeano, más allá de la sinuosidad de los caminos reales que son sólo internos, en esa indagación constante por saber, tal vez, un poco más de uno mismo.

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