Terminaba el otoño cuando en casa nos enteramos que Julia estaba en Buenos Aires, después de muchos años, en un viaje repentino. Con Julia compartimos desde muy jóvenes los placeres del barrio hasta que sus padres se mudaron a otra zona por razones de trabajo. Aun así, logramos conservar nuestra idílica amistad sellada una tarde adolescente con un gran corazón tallado en el tronco de un añoso paraíso en el que escribimos: "Yo amo a Julia. Yo amo a Angel". Hasta que la boda temprana con Alberto y su partida a España nos alejaron irremediablemente.
Sin embargo, cuando viajaba a Buenos Aires para ver a sus padres, Julia nunca dejaba de pasar por casa con Alberto a saludarnos. A mi mamá y a mi hermana les daba alegría la visita. A mi me molestaba.
Casi todos los años venía a Buenos Aires en plan de visitas familiares y también, según se decía, para ver si la cigüeña se decidía a venir por aquí, ya que en España… la cosa no andaba.
Tal vez fuera porque Julia sufría largos periodos de melancolía. Pasaba semanas enteras afligida por la añoranza. Alberto y su familia, gente muy buena, intentaban ayudarla a superar esas crisis; la mimaban, le hacían regalos, pero ella extrañaba sin consuelo a sus “amores”, tal como nombraba a su entorno familiar.
Cuando murieron sus padres Julia viajó de urgencia por unos pocos días. Al regresar, su corazón se colmó de tristeza y pasó mucho tiempo sin venir, hasta este otoño en que nos enteramos de su retorno.
Esta vez había viajado desde Madrid sin Alberto.
En realidad, venía para arreglar asuntos pendientes de familia después del fallecimiento de sus padres. Entre sus cosas estaba el asunto de la herencia de la casa, unos terrenos y una cuestión con su hermana y su cuñado, por cierto manejo “oscuro”, según nos comentara en algún momento. Y a pesar de que contaba con poco tiempo y muchas cuestiones por ver, se las arregló para venir a casa, como en otros viajes, a contarnos de sus cosas en Madrid.
Pero esa tarde estaba distinta. Había llegado muy arreglada, con un toque muy sensual, como si tuviese una cita en plan de seducción.
Realmente estaba espléndida.
Sus enormes ojos de mirada diabla, su rostro desbordante de sensualidad, sus labios tibios, desplegaban plenitud y encanto.
A mamá le dio alegría saber que esta vez Julia se quedaría a comer con nosotros.
La cena, nostálgica y divertida, se extendió entre la amenidad de viejas anécdotas y el glorioso sabor de la cocina de Ignacia, generosa y reconfortante siempre. Cerca de la medianoche, Julia pidió que le llamáramos un taxi para regresar hasta la casa de sus padres donde pasaría la noche. Al instante respondimos que no era necesario, que yo podría acercarla. Desde luego estuvo de acuerdo, después de todo estábamos a quince minutos de viaje y aun si fuera a mayor distancia la hubiera acercado igualmente, ya que no me costaba nada y que faltaba mas y todas esas frases de cortesía…
Quince minutos mas tarde, llegábamos a la antigua casona familiar. Al bajar, Julia me pidió que la acompañe adentro. La casa llevaba mucho tiempo deshabitada y le atemorizaba llegar tan tarde y entrar sola. Le dije que no tuviera ningún temor, que yo la acompañaría y entraría con ella. Entonces, me entregó la llave.
Cuando cruzamos la calle y caminamos sobre el empedrado brilloso a esa hora húmeda, sentí de pronto un relámpago de recuerdos de infancia.
Me parecía escuchar las risas y gritos de los pibes del barrio, cuanto usábamos pantalones cortos y la vida fluía entre rayuelas y barriletes. Julia me sonrió como si hubiera percibido también ese repentino asalto de nostalgia.
Abrí la puerta cancel y entramos a la amplia sala de estar, sombría y abarrotada de muebles apilados. Eché una mirada por los rincones y comprobé que todo estaba tranquilo.
Julia se quitó el abrigo con un gesto que me pareció provocativo. Cuando me dispuse a saludarla, encontré su mirada…y la observé callado.
-Ángel… -Susurró.
En ese momento recordé una lejana circunstancia similar en la que, por un instante, quise besarla una noche y no pude. Esa vez también había llegado desde Madrid sin Alberto.
En un segundo, entre las sombras y el silencio sentí su cuerpo cercano al mío. Julia palpitaba de ansiedad; la mirada húmeda, los labios anhelantes, el cuerpo inquieto, las piernas levemente abiertas, su sexo contra el mío.
Mientras besaba su cuello, de un solo movimiento llegué con mi mano a su pubis y tembló de excitación.
Yo sentía mi erección incontrolable, especialmente cuando comenzaron sus gemidos lacónicos, como un lloriqueo ingenuo y voluptuoso a la vez.
Su cuerpo parecía poseído por un frenesí ardoroso que iba en aumento y me arrastraba a una lujuria deliciosa de goce extremo. Era tanta mi excitación que seguramente no iba a durar mucho, pensé.
Tumbados sobre un antiguo sillón de la sala, arranqué su pequeña braga, desabroché mis jeans y de un salto la titánica erección asomó de mis piernas para colarse entre sus muslos.
Primero, hubo un silencio. Luego, su gemido íntimo me sacudió. Finalmente, cuando estuve totalmente dentro de ella, pareció sumergirse en un profundo éxtasis.
Entonces, percibí en su rostro una leve sonrisa cómplice y la apreté con fuerza contra mi cuerpo.
-Ángel…-repitió y sonrió nuevamente, extasiada y plena, cuando mi esperma ardiente inundó su intimidad…
-Ángel…-repitió y sonrió nuevamente, extasiada y plena, cuando mi esperma ardiente inundó su intimidad…
Esa fue la única noche que estuvimos juntos. Sin embargo, desde aquél momento durante muchos meses continuamos en contacto a través del correo electrónico y conservamos ese glorioso secreto, hasta que nos sorprendió a todos su muerte repentina.
Estábamos en casa con mamá, Ignacia y mi hermana cuando nos enteramos de la noticia por un mail de Alberto. Había fallecido en el parto al nacer la pequeña Albertina, a la que Julia iba a llamar Ángeles.
¡Cuánto ardor de adolescencia y juventud en esta historia! ¡Cuánto deseo reprimido por el tiempo, por la distancia, por los recuerdos ingenuos de la infancia! ¡Cuánto amor! No es casual la elección de los nombres en esta historia ficcional. Sólo un Ángel puede traer la buena nueva de haber engendrado un hijo tan deseado. Somos las mujeres las que damos las llaves de esa posibilidad y concebimos sólo de y con quien queremos. Desde un lugar simbólico y sólo con nuestro permiso interior, materializamos el amor contenido. Y otra vez, la muerte como metáfora del espacio de renunciamiento. ¡Qué bello y doloroso se nos presenta el Amor, a veces! Un cuento, como los otros, digno de publicar. ¡Bravo, nuevamente!
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