Guillermo Hardwick
La casa de los abuelos era un mundo aparte. Habíamos aprendido a vivir allí, como quien no tiene otra alternativa, arrastrados por los avatares de un destino antojadizo y desdichado. Los hechos sucedieron demasiado rápido como para comprenderlos.
Además, siendo apenas unos niños poco es lo que podríamos comprender sobre nuestra repentina orfandad. Lo cierto es que, después de la muerte de mamá, nuestro padre fue sólo una sombra. Un día de invierno nos arropó exageradamente y nos llevó a la casa de los abuelos, entre bultos de ropa y cajas con juguetes y libros.
Ese día, Fina y yo no entendíamos mucho, pero todos lloraban en la casa. Mi papá nos apretó tan fuerte antes de irse que nos hizo doler todo el cuerpo con sus brazos.
* * *
Las habitaciones de la casa de los abuelos tenían la fascinación de lo imprevisto.
En los contraluces se refugiaban recuerdos de otro tiempo y en algunos rincones (contra la alacena de la cocina, junto a una vieja heladera, o detrás de un antiquísimo aparador de roble) la abuela escondía sus lágrimas cuando el abuelo llegaba borracho como una cuba desde el bodegón del viejo Tuñú donde inevitablemente se sumergía en vapores de grapas melancólicas, entre recuerdos y añoranzas. Los abuelos vivían en una vieja casona de la calle Mathew en el barrio de Monserrat, en una cuadra de árboles gigantescos y veredas caprichosas.
Tenía dos patios. El patio de adelante, al final del zaguán, que ostentaba macetones atiborrados de helechos, sillones de cemento y una breve glorieta construida por el abuelo, a la que se trepaban varios rosales y un jazmín. Y el patio de atrás, encajonado entre altas medianeras, que servía simplemente como sitio para amontonar cualquier cosa que el abuelo trajera como "sobrante" de sus trabajos de albañil. Allí estaba el galpón de las herramientas y arriba una antigua piecita deshabitada, marginada, como si no fuera parte de la casa.
La escalera de caracol estaba en el patio del fondo, apoyada contra la pared medianera y sostenida con unas grampas al viejo muro.
El puntal donde se afirmaban los peldaños de chapón, se hundía en una enorme base de concreto que el abuelo había construido con cimientos tan sólidos que hubieran soportado un edificio de diez pisos.
Me acuerdo que una tarde de enero, fue el abuelo quien aclaró nuestra incógnita cuando le preguntamos con Fina por qué le decían "escalera de caracol" a la escalera del patio del fondo. Como adivinando la respuesta, Fina afirmó que seguro era porque se tardaba mucho en subirla y había que subirla despacio porque era muy retorcida y si no me daba cuenta era un tarado...!
Un segundo antes de que le tironeara el pelo, el abuelo, firme y severo, intercedió entre nosotros y calmó la situación ofreciéndonos la respuesta a cambio de la promesa de portarnos como buenos hermanos, sin pelearnos. Fina dijo un sí ofuscado con la cabeza gacha. Yo tardé un poco en contestar, aunque me interesaba más la respuesta del abuelo que la bronca con mi hermana.
La escalera tenía unos cinco metros de altura y veintiocho escalones dispuestos en forma de tirabuzón que terminaban en una breve planchada frente a la puerta de la piecita que siempre estaba cerrada, sin que nadie entrara o saliera de ella.
Algunos de sus escalones, roídos por la intemperie, amenazaban con desprenderse derrotados por la herrumbre que, poco a poco, devoraba su oxidada epidermis de metal. De la pintura verde marino que el abuelo pacientemente le había aplicado años atrás, quedaba muy poco y en algunos tramos había desaparecido por completo. En su lugar, la corrosión había cubierto la mayor parte de sus perfiles y donde los vientos acumulaban restos de polvo y tiempo, crecían pequeños yuyos enmacetados en rincones de humedad. Su imagen desgastada y enmarcada por los viejos muros de la casona, parecía envuelta en un rescoldo de memorias de lejanas historias familiares, de parientes olvidados o casi desconocidos.
Era cierto. Allí en lo alto, elevado en el fondo de la casona, aislado y lúgubre, el cuartucho se asomaba misterioso al patio del fondo por encima del galpón donde el abuelo guardaba sus herramientas, entre otros trastos viejos.
Junto a la puerta clausurada por un vetusto candado que la sellaba rotundamente, una minúscula ventana bloqueada por fuera con tablas fuertemente clavadas, acentuaba el enigma. Eso, sin contar con que cada vez que le pedíamos a la abuela que nos dijese qué había allí o cómo era ese lugar, respondía siempre con evasivas o con enojo si insistíamos en busca de respuestas.
Y claro, tanto Fina como yo siempre estábamos buscando respuestas. Dónde estaba papá. De qué había muerto mamá. Por qué no podíamos subir al altillo...
-¡Por la escalera de caracol! Era la réplica habitual de la abuela.
¡Es muy peligrosa, se pueden matar! ¡Ni se acerquen ahí!
Sí. Definitivamente, la escalera de caracol era el límite que nos separaba de ese lugar desconocido y enigmático. Era como un sitio inconquistable, una altura imposible de alcanzar, una incógnita indescifrable.
La escalera no tenía barandas, razón suficiente para que la abuela viviera obsesionada con la idea de que nos trepáramos a ella. Si bien estaba bien afirmada al paredón lindero, un tramo de escalones quedaba expuesto, sin protección, del lado del patio que, para peor, tenía un piso desparejo y muy duro hecho con ladrillos y escombros sobrantes de los trabajos del abuelo.
Por eso, tanto Fina como yo, sabíamos que no podíamos aventurarnos más allá de los escasos centímetros del primer escalón. Tan solo el intento podría ser la causa de un ataque de pánico de la abuela, pero también un motivo suficiente para desencadenar la furia del abuelo y los azotes de su zapatilla en nuestros culos. Estaba claro, entonces, que esa escalera era la frontera prohibida en el camino hacia la gran incógnita, la piecita del fondo.
Varias veces soñé con la escalera de caracol.
Una vez, estábamos con Fina haciendo equilibrio en el escalón más alto y desde allí llamábamos a los gritos a los pájaros que merodeaban la casa, a los que conocíamos perfectamente por su nombre gracias a la enciclopedia de aves que los abuelos atesoraban como recuerdo de mamá. Con frecuencia, el abuelo acostumbraba a mostrarnos sus láminas y a enseñarnos las variedades de pájaros, recordando los trabajos de taxidermia que mamá había hecho para el museo de Ciencias Naturales.
Recuerdo que saltábamos sin ningún temor en lo alto de la escalera y la estructura temblaba bajo nuestros pies. Yo forcejeaba con Fina y la empujaba hacia el abismo del patio para asustarla y ella, aterrada, vociferaba llamando a la abuela. De pronto, desde la cocina aparecía mamá, y nos reprendía mientras sostenía entre sus manos un robusto cormorán negro que le habían enviado del museo para embalsamarlo. Al verla, bajábamos la escalera a los saltos y corríamos hacia ella quien, sonriente, nos presentaba a Felipe, el pajarraco negro, recién terminado.
Los trabajos de taxidermia de mamá eran impecables. Embalsamaba todo tipo de pájaros: águilas, gaviotas, golondrinas, de todo. Una vez, hasta embalsamó un cóndor. Entre las favoritas estaba Candy, una paloma montera de plumas muy blancas que una mañana de invierno apareció herida en el patio de adelante, en la casa de los abuelos. Mamá la curó y la cuidó intentando recuperarla, pero finalmente murió. Su trabajo fue perfecto; la expresión de los ojos vivaces era asombrosa.
Parecía que estaba viva. El día que la terminó, papá le sacó una foto a mamá sentada en una antigua mecedora con ella en sus manos.
Era su orgullo y su pasión recuperar la belleza de los plumajes, la gracia o la agudeza de los ojos, las esbeltas figuras aladas. Mamá decía que era una forma de preservar el recuerdo de sus vuelos, como se guarda una foto de alguien que ya no está. Decía que su trabajo era simple y hermoso a la vez, que era como arrebatarle a la muerte caprichos de eternidad.
Otra vez, tuve una pesadilla horrible. Soñé que era de noche, una noche muy clara de verano. Yo me había levantado a tomar agua a la cocina. Estaba empapado y a la vez temblaba, pero no era de frío. Hacía un calor insoportable. Cuando levanté la vista mientras tomaba el agua pude ver, a través de la ventana de la cocina, que la puerta de la piecita del fondo estaba abierta... ¡y había luz adentro!
Me quedé mudo. En un primer momento no supe qué hacer. Temblaba de miedo, pero a la vez me intrigaba mucho aquél altillo misterioso y oculto. Con absoluto sigilo me asomé al dormitorio de los abuelos. La abuela roncaba y el abuelo dormía como un bebé. De repente, un impulso extraño me empujó hacia el patio. Tres pasos más y estuve frente a la escalera de caracol. Cuando pisé el primer peldaño me detuve un instante. Me quedé allí, sin saber qué hacer. Entonces, un segundo impulso me asaltó y apoyé un pie en el segundo escalón. Me sentí raro. Acababa de trasponer un límite prohibido. No sé cuánto tiempo pasó, pero fueron varios minutos los que permanecí en esa posición, sin saber qué hacer. Apenas me atrevía a tocar el escalón con la planta de mi pie desnudo. Sentía el frío de la chapa como si se tratara de hielo. Sin embargo, decidí avanzar. Una fuerza superior me arrastraba desde la altura.
Cuando me apoyé en el escalón con todo el cuerpo, el miedo me aterró. Un crujido metálico se propaló en la inmensidad de la noche y estremeció el aire quieto de la madrugada. Era un sonido penetrante y desconocido...
-La escalera-, musité y miré hacia la cocina. Me moría si se despertaban los abuelos. De pronto, la escalera de caracol crujió otra vez con un sonido único, aterrorizante. Luego, comenzó a sacudirse, sin duda desbalanceada por mi peso, pensé. Y parecía que se quejaba y temblaba y retorcía su cuerpo de hierro, como si realmente se estuviese resistiendo a que yo subiera. No sé de donde saqué valor, pero avancé, paso a paso, peldaño a peldaño... muy tenso al pisar cada escalón. Concentrado en cada movimiento, seguí con cuidado. Tardaba una eternidad tratando de mantener el equilibrio en cada sacudón.
Así, muerto de miedo, despidiendo litros de sudor, llegué al final de la escalera, al último peldaño, mucho más allá del segundo escalón prohibido por la abuela.
Me costaba creerlo pero estaba allí, parado frente a la puerta entreabierta del misterioso altillo y a punto quizás de descubrir la razón por la cual ese lugar permanecía eternamente cerrado, negado a la luz, aislado del resto de la casa.
Desde adentro, una luz mínima, amarillenta y lóbrega, apenas me permitía distinguir alguna forma. Un último impulso me llevó la mano hacia la puerta y levemente la empujé...
Cuando comenzó a abrirse, creí que me moriría del susto allí mismo. Un frenético aleteo de plumas oscuras surgió de improviso desde el interior del cuarto y me llenó de pánico. Casi pude sentir dentro de mi cómo se detenía mi torrente sanguíneo, se me paralizaba el corazón, y me invadía una palidez mortal. Entre las sombras, un enorme pájaro avanzaba hacia mí agitando sus negras alas.
Perturbado, empecé a tambalear. Perdí el equilibrio y caí al vacío crispado por el espanto...
Desperté bañado en sudor, temblando, con el cuerpo dolorido. Tuve que levantarme para ir al baño. Cuando pasé frente al dormitorio de los abuelos, los observé mientras dormían. El abuelo, parecía un bebé; la abuela, seguía roncando.
La mañana siguiente fue vital, a juzgar por los hechos que siguieron.
Esa mañana le conté el sueño a Fina. Al principio se burló y me dijo que la abuela me iba a retar por exagerar con la comida a la noche, porque eso me provocaba las pesadillas. Fastidiado, le respondí que no me hacía ninguna gracia que me mandoneara, que ella no era la abuela ni mi mamá. Para darme bronca, me dio la espalda y empezó a saltar con su soga. No me importó. Igual le dije que yo pensaba que allí arriba en el altillo había algo raro, que por eso los abuelos nunca iban ni querían hablar de eso.
Para mi sorpresa, Fina de pronto se puso seria y me dijo que ella pensaba lo mismo.
Me costaba creerlo. Era un milagro que estuviésemos de acuerdo con mi hermana. Sin salir del asombro le pregunté qué era lo que ella pensaba. En un primer momento no quiso contestarme, pero enseguida apuntó que de algo estaba segura y era que para ella ese altillo escondía algo. Algo que a los abuelos les hacía mal, los lastimaba o tal vez por alguna razón, los perturbaba. Como hermano menor, atendí las conclusiones de mi hermana, pero en honor a la verdad no me dejaron conforme. Le pedí que me dijese algo más concreto, porque yo en verdad no tenía la menor idea de cuál podría ser ese misterio, que a lo mejor... no era nada, un presentimiento, una sospecha nada más...
La idea surgió casi al mismo tiempo, como si nuestras mentes estuviesen conectadas, leyéndose entre sí.
¡Tenemos que subir al altillo! –dijimos en un susurro cómplice.
No había otra... Además no le veíamos nada de malo. Después de todo, no era más que un rincón olvidado de la casa, un sitio solitario y húmedo, un criadero de ratas y cucarachas. A lo mejor, hacíamos bien en airearlo un poco...
Fina, mandona como siempre, advirtió que decirlo era fácil. Sin embargo, el problema era cómo hacerlo. La puerta tenía un candado y aún consiguiendo la llave no podríamos asegurar nada... Además, necesitaríamos bastante tiempo para abrir el candado. Pero cómo lograrlo si siempre había alguien en la casa. La abuela, todo el tiempo en la cocina, desde la ventana siempre tenía a la vista la escalera y la puerta del altillo. Se pasaba las horas apoyada en la mesada, de frente a la ventana, cocinando y observando, lavando los platos y contemplando. Todo el día con la mirada puesta en la ventana. Casi una obsesión...
Además, el abuelo siempre estaba en el patio de atrás.
No. Parecía imposible.
De día no había forma de subir sin que se dieran cuenta. Tendría que ser de noche, cuando estuviesen durmiendo. Fina me enrostró una mirada de espanto diciendo que ni loca salía al patio de noche.
Entonces, qué hacemos, pregunté.
Terminamos aprobando un plan tentativo que consistía en poner en marcha la primera etapa: encontrar la llave del candado. Y luego, la segunda parte dependería exclusivamente de alguna oportunidad favorable.
La primera etapa fue sencilla. Con el pretexto de encontrar una escuadra y un compás extraviados, hurgamos en todos los rincones. Por descarte, logramos individualizar las llaves que corresponderían al candado de la puerta del altillo. Encontramos dos llaves muy parecidas, por lo tanto habría que probar con ambas.
Tal como era previsible, para la segunda etapa necesitábamos mucha paciencia. De todas formas, aprovechamos el tiempo para estudiar el plan.
Como la escalera estaba muy estropeada, debíamos tener cuidado al subir, observando cada escalón, aferrándonos siempre al centro que parecía ser la parte más segura. Además no había que olvidar el aceite para lubricar el candado.
Pasaron varias semanas, sin que sucediera nada significativo, más que un susto con Doña Elisa, la vecina de enfrente que siempre visitaba a la abuela por las tardes, para prenderse en largas charlas hasta que oscurecía. Una tarde, Doña Elisa sufrió un leve desmayo y la abuela nos pidió a Fina y a mí que le hiciésemos compañía al volver de la escuela.
Pero la providencia nos sorprendió mucho antes de lo esperado. Sucedió un viernes a la tardecita. El abuelo estaba en el bar de Tuñú, cuando un vecino vino para avisar que lo habían llevado al hospital por una descompostura. La abuela pareció enloquecer, nunca la habíamos visto de esa manera. Turbada, insegura, descontrolada, lanzaba alaridos y elevaba ruegos al cielo con extraños quejidos. Antes de irse al hospital alcanzó a pedirle a doña Elisa que de tanto en tanto nos vigilara.
Desde la puerta del zaguán la despedimos y apenas estuvo a una cuadra, cerca de la parada de los colectivos, le explicamos a doña Elisa que se quedara tranquila, que nosotros estábamos lo más bien, haciendo los deberes. Doña Elisa volvió a su casa y con Fina nos miramos. Era el momento de poner en marcha la segunda etapa.
Fina aseguró con el pasador la puerta de calle. A continuación, buscamos en el cajón del aparador las llaves del candado y rápidamente nos dirigimos hacia el patio de atrás. De un salto trepé a la escalera con las llaves en la mano. Fina, detrás de mí, traía el aceite. A medida que avanzábamos, la escalera temblaba; daba la impresión de que en cualquier momento se iría a desplomar. Eso nos atemorizaba, aunque ya casi habíamos llegado a la mitad del recorrido y a pesar del miedo, no pensábamos retroceder. De todas formas, subíamos con mucha precaución, probando la firmeza de cada peldaño y aferrándonos con fuerza a la columna. Por un momento tuve la impresión de revivir sensaciones del último sueño: tenía miedo de que nos vieran los abuelos, temor de caerme desde esa altura; y además, la escalera rechinaba con idéntico sonido. Ya casi oscurecía cuando llegamos a la parte superior de la escalera, frente a la puerta del altillo.
De pronto miré hacia atrás y vi a Fina muy cerca de mí. Estaba temblando aterrada, abrazada al puntal con una expresión de espanto. Traté de calmarla, pero fue peor. Se tambaleó y el frasco de aceite se le escapó de las manos para dar contra el cemento de la base. Haciendo apenas equilibrio, probé una de las llaves y no entró en la ranura. Sin perder tiempo, probé la segunda llave. Entró en la cerradura pero no llegó al fondo. Hice un poco de fuerza pero resultó más complicada que la anterior. Se trabó en el candado. Me apoyé en la puerta para mantener el equilibrio y comencé a tironear con todas mis fuerzas, hasta que pude arrancarla de la cerradura. El sacudón me hizo trastabillar y estuve a punto de precipitarme al vacío. Me salvó Fina que, con un movimiento veloz e instintivo, me sostuvo y evitó la caída. Esa maniobra de emergencia le arrancó nuevos quejidos a la escalera que esta vez se sacudió demasiado y por un momento nos dio pánico. Rápidamente, volví a probar la otra llave, haciéndola girar hacia ambos lados. Poco a poco comenzó a tener más movimiento, más giro, y un poco más...hasta que logré que diera una vuelta completa a la cerradura. Después de insistir con ese jueguito, la llave completó la segunda vuelta y luego de un forcejeo se abrió el candado.
Debajo de nuestros pies la escalera oscilaba y crujía con cada movimiento y acentuaba la angustia de ese instante. Cuando intentamos abrir la puerta, experimentamos una mezcla de terror, intriga y ansiedad. Por cierto, la madera hinchada, endurecida por la intemperie, nos dificultaba el trabajo. Le propuse a Fina que empujáramos los dos al mismo tiempo y estuvo de acuerdo.
¡Un, dos, tres! -exclamé. Y presionamos con fuerza.
¡Un, dos, tres! Otro intento y la puerta cedió un poco y al empujar nuevamente con más fuerza se abrió casi por completo. Desde adentro brotó un olor extraño, como de museo. Avanzamos medio paso, intrigados y espantados a la vez. Fina, siempre detrás de mí, preguntaba qué veía pero yo, con el cuerpo contraído y la boca paralizada no pude responderle. En el interior del cuarto, una borrosa visión nos dejó mudos: sentada en su antigua mecedora con ojos tristes y una leve sonrisa, la imagen de nuestra madre rodeada de libros y aves embalsamadas, nos miraba con ternura. Entre sus manos sostenía a Candy, la paloma mensajera.
Aturdido, perplejo, sin comprender nada, sólo reaccioné cuando escuché el llanto apagado de Fina que temblaba y gemía como un pichón recién nacido.
Repentinamente, un estruendo metálico resonó abajo, en el patio. Al asomarnos, vimos la escalera desplomada en el piso. Su vieja estructura de hierro y óxido, yacía sobre el duro cemento.
Quedamos boquiabiertos, aferrados al marco de la puerta, en el borde del umbral, a más de cinco metros de altura. Parecíamos atrapados entre dos mundos distantes y opuestos.
Un pánico silencioso, recorría mi cuerpo. Fina tenía la palidez de la muerte. De pronto, en la puerta de calle, tronó el llamador con golpes exasperados. Era la abuela, de regreso del hospital. Acorralado, como buscando no sé bien qué, di un paso hacia el interior del cuarto, giré bruscamente y con torpeza derribé a un oscuro cormorán de alas grandes y pecho altivo, que cayó pesadamente al suelo con sus alas muy abiertas.
-Felipe... susurró Fina. Y ambos miramos a mamá.
Ella, desde su rincón, sumergida en la penumbra, nos sonreía con tristeza.
Después, supimos que el abuelo había muerto.
A la abuela, esa tarde los médicos la habían mandado de vuelta porque lo tenían todo entubado en la sala de cuidados intensivos y allí no se podía quedar. Mientras venía de regreso para buscarle un pijama y calzoncillos, el abuelo tuvo un paro cardíaco y su corazón no resistió. Una enfermera había escuchado que deliraba y repetía, una y otra vez:
-La escalera... se cae... se cae...!
A nosotros nos rescató el hijo de doña Elisa, que consiguió entrar por el fondo desde los techos. Aquella tarde descubrimos algo asombroso e inexplicable: el abuelo había muerto casi mismo tiempo en que la escalera de caracol se derrumbaba sobre el piso del patio.
Ahora es la abuela la que, de vez en cuando, nos muestra la enciclopedia de aves de mamá.
Ah, mi mamá... Está allá arriba, en la piecita, rodeada por sus pájaros, tal como se lo había pedido al abuelo, antes de desaparecer.
De vez en cuando nos las arreglamos con Fina para subirle flores.
Ella, desde su rincón, sentada en la antigua mecedora con Candy entre sus manos, nos regala una tierna sonrisa.
* * *