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miércoles, 19 de septiembre de 2012

La escalera de caracol

Guillermo Hardwick


La casa de los abuelos era un mundo aparte. Habíamos aprendido a vivir allí, como quien no tiene otra alternativa, arrastrados por los avatares de un destino antojadizo y desdichado. Los hechos sucedieron demasiado rápido como para comprenderlos.
Además, siendo apenas unos niños poco es lo que podríamos comprender sobre nuestra repentina orfandad.  Lo cierto es que, después de la muerte de mamá, nuestro padre fue sólo una sombra. Un día de invierno nos arropó exageradamente y nos llevó a la casa de los abuelos, entre bultos de ropa y cajas con juguetes y libros.
Ese día, Fina y yo no entendíamos mucho, pero todos lloraban en la casa. Mi papá nos apretó tan fuerte antes de irse que nos hizo doler todo el cuerpo con sus brazos.

*  *  *

Las habitaciones de la casa de los abuelos tenían la fascinación de lo imprevisto.
En los contraluces se refugiaban recuerdos de otro tiempo y en algunos rincones (contra la alacena de la cocina, junto a una vieja heladera, o detrás de un antiquísimo aparador de roble) la abuela escondía sus lágrimas cuando el abuelo llegaba borracho como una cuba desde el bodegón del viejo Tuñú donde inevitablemente se sumergía en vapores de grapas melancólicas, entre recuerdos y añoranzas. Los abuelos vivían en una vieja casona de la calle Mathew en el barrio de Monserrat, en una cuadra de árboles gigantescos y veredas caprichosas.
Tenía dos patios. El patio de adelante, al final del zaguán, que ostentaba macetones atiborrados de helechos, sillones de cemento y una breve glorieta construida por el abuelo, a la que se trepaban varios rosales y un jazmín. Y el patio de atrás, encajonado entre altas medianeras, que servía simplemente como sitio para amontonar cualquier cosa que el abuelo trajera como "sobrante" de sus trabajos de albañil. Allí estaba el galpón de las herramientas y arriba una antigua piecita deshabitada, marginada, como si no fuera parte de la casa.
La escalera de caracol estaba en el patio del fondo, apoyada contra la pared medianera y sostenida con unas grampas al viejo muro.
El puntal donde se afirmaban los peldaños de chapón, se hundía en una enorme base de concreto que el abuelo había construido con cimientos tan sólidos que hubieran soportado un edificio de diez pisos.
Me acuerdo que una tarde de enero, fue el abuelo quien aclaró nuestra incógnita cuando le preguntamos con Fina por qué le decían "escalera de caracol"  a la escalera del patio del fondo. Como adivinando la respuesta, Fina afirmó que seguro era porque se tardaba mucho en subirla  y había que subirla despacio porque era muy retorcida y si no me daba cuenta era un tarado...!
Un segundo antes de que le tironeara el pelo, el abuelo, firme y severo, intercedió entre nosotros y calmó la situación ofreciéndonos la respuesta a cambio de la promesa de portarnos como buenos hermanos, sin pelearnos. Fina dijo un sí ofuscado con la cabeza gacha. Yo tardé un poco en contestar, aunque me interesaba más la respuesta del abuelo que la bronca con mi hermana.
La escalera tenía unos cinco metros de altura y veintiocho escalones dispuestos en forma de tirabuzón que terminaban en una breve planchada frente a la puerta de la piecita que siempre estaba cerrada, sin que nadie entrara o saliera de ella.
Algunos de sus escalones, roídos por la intemperie, amenazaban con desprenderse derrotados por la herrumbre que, poco a poco, devoraba su oxidada epidermis de metal. De la pintura verde marino que el abuelo pacientemente le había aplicado años atrás, quedaba muy poco y en algunos tramos había desaparecido por completo. En su lugar, la corrosión  había cubierto la mayor parte de sus perfiles  y donde los vientos acumulaban restos de polvo y tiempo, crecían pequeños yuyos enmacetados en rincones de humedad. Su imagen desgastada y enmarcada por los viejos muros de la casona, parecía envuelta en un rescoldo de memorias de lejanas historias familiares, de parientes olvidados o  casi desconocidos.
Era cierto. Allí en lo alto, elevado en el fondo de la casona, aislado y lúgubre, el cuartucho se asomaba misterioso al patio del fondo por encima del galpón donde el abuelo guardaba sus  herramientas, entre otros trastos viejos.
Junto a la puerta clausurada por un vetusto candado que la sellaba rotundamente, una minúscula ventana bloqueada por fuera con tablas fuertemente clavadas, acentuaba el enigma. Eso, sin contar con que cada vez que le pedíamos a la abuela que nos dijese qué había allí o cómo era ese lugar, respondía siempre con evasivas o con enojo si insistíamos en busca de respuestas.
Y claro, tanto Fina como yo siempre estábamos buscando respuestas. Dónde estaba papá. De qué había muerto mamá. Por qué no podíamos subir al altillo...
-¡Por la escalera de caracol! Era la réplica habitual de la abuela.
¡Es muy peligrosa, se pueden matar! ¡Ni se acerquen ahí!
Sí. Definitivamente, la escalera de caracol era el límite que nos separaba de ese lugar desconocido y enigmático. Era como un sitio inconquistable, una altura imposible de alcanzar, una incógnita indescifrable.

La escalera no tenía barandas, razón suficiente para que la abuela viviera obsesionada con la idea de que nos trepáramos a ella. Si bien estaba bien afirmada al paredón lindero, un tramo de escalones quedaba expuesto, sin protección, del lado del patio que, para peor, tenía un piso desparejo y muy duro hecho con ladrillos y escombros sobrantes de los trabajos del abuelo.
Por eso, tanto Fina como yo, sabíamos que no podíamos aventurarnos más allá de los escasos centímetros del primer escalón. Tan solo el intento podría ser la causa de un ataque de pánico de la abuela, pero también un motivo suficiente para desencadenar la furia del abuelo y los azotes de su zapatilla en nuestros culos. Estaba claro, entonces, que esa escalera era la frontera prohibida en el camino hacia la gran incógnita, la piecita del fondo.

Varias veces soñé con la escalera de caracol.
Una vez, estábamos con Fina haciendo equilibrio en el escalón más alto y desde allí llamábamos a los gritos a los pájaros que merodeaban la casa, a los que conocíamos perfectamente por su nombre gracias a la enciclopedia de aves que los abuelos atesoraban como recuerdo de mamá. Con frecuencia, el abuelo acostumbraba a mostrarnos sus láminas y a enseñarnos las variedades de pájaros, recordando los trabajos de taxidermia que mamá había hecho para el museo de Ciencias Naturales.
 Recuerdo que saltábamos sin ningún temor en lo alto de la escalera y la estructura temblaba bajo nuestros pies. Yo forcejeaba con Fina y la empujaba hacia el abismo del patio para asustarla y ella, aterrada, vociferaba llamando a la abuela. De pronto, desde la cocina aparecía mamá, y nos reprendía mientras sostenía entre sus manos un robusto cormorán negro que le habían enviado del museo para embalsamarlo. Al verla, bajábamos la escalera a los saltos y corríamos hacia ella quien, sonriente, nos presentaba a Felipe, el pajarraco negro, recién terminado.

Los trabajos de taxidermia de mamá eran impecables. Embalsamaba todo tipo de pájaros: águilas, gaviotas, golondrinas, de todo. Una vez, hasta embalsamó un cóndor.  Entre las favoritas estaba Candy, una paloma montera de plumas muy blancas que una mañana de invierno apareció herida en el patio de adelante, en la casa de los abuelos. Mamá la curó y la cuidó intentando recuperarla, pero finalmente murió. Su trabajo fue perfecto; la expresión de los ojos vivaces era asombrosa.
Parecía que estaba viva. El día que la terminó, papá le sacó una foto a mamá sentada en una antigua mecedora con ella en sus manos.
Era su orgullo y su pasión recuperar la belleza de los  plumajes, la gracia o la agudeza de los ojos, las esbeltas figuras aladas. Mamá decía que era una forma de preservar el recuerdo de sus vuelos, como se guarda una foto de alguien que ya no está. Decía que su trabajo era simple y hermoso a la vez,  que era como arrebatarle a la muerte caprichos de eternidad.

Otra vez, tuve una pesadilla horrible. Soñé que era de noche, una noche muy clara de verano. Yo me había levantado a tomar agua a la cocina. Estaba empapado y a la vez temblaba, pero no era de frío. Hacía un calor insoportable. Cuando levanté la vista mientras tomaba el agua pude ver, a través de la ventana de la cocina, que la puerta de la piecita del fondo estaba abierta... ¡y había luz adentro!
Me quedé mudo. En un primer momento no supe qué hacer. Temblaba de miedo, pero a la vez me intrigaba mucho aquél altillo misterioso y oculto. Con absoluto sigilo me asomé al dormitorio de los abuelos. La abuela roncaba y el abuelo dormía como un bebé. De repente, un impulso extraño me empujó hacia el patio. Tres pasos más y estuve frente a la escalera de caracol. Cuando pisé el primer peldaño me detuve un instante. Me quedé allí, sin saber qué hacer. Entonces, un segundo impulso me asaltó y apoyé un pie en el segundo escalón. Me sentí raro. Acababa de trasponer un límite prohibido. No sé cuánto tiempo pasó, pero fueron varios minutos los que permanecí en esa posición, sin saber qué hacer. Apenas me atrevía a tocar el escalón con la planta de mi pie desnudo. Sentía el frío de la chapa como si se tratara de hielo. Sin embargo, decidí avanzar. Una fuerza superior me arrastraba desde la altura.
 Cuando me apoyé en el escalón con todo el cuerpo, el miedo me aterró. Un crujido metálico se propaló en la inmensidad de la noche y estremeció el aire quieto de la madrugada. Era un sonido penetrante y desconocido...
-La escalera-, musité y miré hacia la cocina. Me moría si se despertaban los abuelos. De pronto, la escalera de caracol crujió otra vez con un sonido único, aterrorizante. Luego, comenzó a sacudirse, sin duda desbalanceada por mi peso, pensé. Y parecía que se quejaba y temblaba y retorcía su cuerpo de hierro, como si realmente se estuviese resistiendo a que yo subiera. No sé de donde saqué valor, pero avancé, paso a paso, peldaño a peldaño... muy tenso al pisar cada escalón. Concentrado en cada movimiento, seguí  con cuidado. Tardaba una eternidad tratando de mantener el equilibrio en cada sacudón.
Así, muerto de miedo, despidiendo litros de sudor, llegué al final de la escalera, al último peldaño, mucho más allá del segundo escalón prohibido por la abuela.
Me costaba creerlo pero estaba allí, parado frente a la puerta entreabierta del misterioso altillo y a punto quizás de descubrir la razón por la cual ese lugar permanecía eternamente cerrado, negado a la luz, aislado del resto de la casa.
Desde adentro, una luz mínima, amarillenta y lóbrega, apenas me permitía distinguir alguna forma. Un último impulso me llevó la mano hacia la puerta y levemente la empujé...
Cuando comenzó a abrirse, creí que me moriría del susto allí mismo. Un frenético aleteo de plumas oscuras surgió de improviso desde el interior del cuarto y me llenó de pánico. Casi pude sentir dentro de mi cómo se detenía mi torrente sanguíneo, se me paralizaba el corazón, y me invadía una palidez mortal. Entre las sombras, un enorme pájaro avanzaba hacia mí agitando sus negras alas.
Perturbado, empecé a tambalear. Perdí el equilibrio y caí al vacío crispado por el espanto...
Desperté bañado en sudor, temblando, con el cuerpo dolorido. Tuve que levantarme para ir al baño. Cuando pasé frente al dormitorio de los abuelos, los observé mientras dormían. El abuelo, parecía un bebé; la abuela, seguía roncando.
La mañana siguiente fue vital, a juzgar por los hechos que siguieron.
Esa mañana le conté el sueño a Fina. Al principio se burló y me dijo que la abuela me iba a retar por exagerar con la comida a la noche, porque eso me provocaba las pesadillas. Fastidiado, le respondí que no me hacía ninguna gracia que me mandoneara, que ella no era la abuela ni mi mamá. Para darme bronca,  me dio la espalda y empezó a saltar con su soga. No me importó. Igual le dije que yo pensaba que allí arriba en el altillo había algo raro, que por eso los abuelos nunca iban ni querían hablar de eso.
Para mi sorpresa, Fina de pronto se puso seria y me dijo que ella pensaba lo mismo.
Me costaba creerlo. Era un milagro que estuviésemos de acuerdo con mi hermana. Sin salir del asombro le pregunté qué era lo que ella pensaba. En un primer momento no quiso contestarme, pero enseguida apuntó que de algo estaba segura y era que para ella ese altillo escondía algo. Algo que a los abuelos les hacía mal, los lastimaba o tal vez por alguna razón, los perturbaba. Como hermano menor, atendí las conclusiones de mi hermana, pero en honor a la verdad no me dejaron conforme. Le pedí que me dijese algo más concreto, porque yo en verdad no tenía la menor idea de cuál podría ser ese misterio, que a lo mejor... no era nada, un presentimiento, una sospecha nada más...

La idea surgió casi al mismo tiempo, como si nuestras mentes estuviesen conectadas, leyéndose entre sí.
¡Tenemos que subir al altillo! –dijimos en un susurro cómplice.
No había otra... Además no le veíamos nada de malo. Después de todo, no era más que un rincón olvidado de la casa, un sitio solitario y húmedo, un criadero de ratas y cucarachas. A lo mejor,  hacíamos bien en airearlo un poco...
Fina, mandona como siempre, advirtió que decirlo era fácil. Sin embargo, el problema era cómo hacerlo. La puerta tenía un candado y aún consiguiendo la llave no podríamos asegurar nada... Además, necesitaríamos bastante tiempo para abrir el candado. Pero cómo lograrlo si siempre había alguien en la casa. La abuela, todo el tiempo en la cocina, desde la ventana siempre tenía a la vista la escalera y la puerta del altillo. Se pasaba las horas apoyada en la mesada, de frente a la ventana, cocinando y observando, lavando los platos y contemplando. Todo el día con la mirada puesta en la ventana. Casi una obsesión...
Además, el abuelo siempre estaba en el patio de atrás.
No. Parecía imposible.
De día no había forma de subir sin que se dieran cuenta. Tendría que ser de noche, cuando estuviesen durmiendo. Fina me enrostró una mirada de espanto diciendo que ni loca salía al patio de noche.
Entonces, qué hacemos, ­­­­­pregunté.
Terminamos aprobando un plan tentativo que consistía en poner en marcha la primera etapa: encontrar la llave del candado. Y luego, la segunda parte dependería exclusivamente de alguna oportunidad  favorable.
La primera etapa fue sencilla. Con el pretexto de encontrar una escuadra y un compás extraviados, hurgamos en todos los rincones. Por descarte, logramos individualizar las llaves que corresponderían al candado de la puerta del altillo. Encontramos dos llaves muy parecidas, por lo tanto habría que probar con ambas.
Tal como era previsible, para la segunda etapa necesitábamos mucha paciencia. De todas formas, aprovechamos el tiempo para estudiar el plan.
Como la escalera estaba muy estropeada, debíamos tener cuidado al subir, observando cada escalón, aferrándonos siempre al centro que parecía ser la parte más segura. Además no había que olvidar el aceite para lubricar el candado.
Pasaron varias semanas, sin que sucediera nada significativo, más que un susto con Doña Elisa, la vecina de enfrente que siempre visitaba a la abuela por las tardes, para prenderse en largas charlas hasta que oscurecía. Una tarde, Doña Elisa sufrió un leve desmayo y la abuela nos pidió a Fina y a mí que le hiciésemos compañía al volver  de la escuela.
Pero la providencia nos sorprendió mucho antes de lo esperado. Sucedió un viernes a la tardecita. El abuelo estaba en el bar de Tuñú, cuando un vecino vino para avisar que lo habían llevado al hospital por una descompostura. La abuela pareció enloquecer, nunca la habíamos visto de esa manera. Turbada, insegura, descontrolada, lanzaba alaridos y elevaba ruegos al cielo con extraños quejidos. Antes de irse al hospital alcanzó a pedirle a doña Elisa que de tanto en tanto nos vigilara.
Desde la puerta del zaguán la despedimos y apenas estuvo a una cuadra, cerca de la parada de los colectivos, le explicamos a doña Elisa que se quedara tranquila, que nosotros estábamos lo más bien, haciendo los deberes. Doña Elisa volvió a su casa y con Fina nos miramos. Era el momento de poner en marcha la segunda etapa.
Fina aseguró con el pasador la puerta de calle. A continuación, buscamos en el cajón del aparador las llaves del candado y rápidamente nos dirigimos hacia el patio de atrás. De un salto trepé a la escalera con las llaves en la mano. Fina, detrás de mí, traía el aceite. A medida que avanzábamos, la escalera temblaba; daba la impresión de que en cualquier momento se iría a desplomar. Eso nos atemorizaba, aunque ya casi habíamos llegado a la mitad del recorrido y a pesar del miedo, no pensábamos retroceder. De todas formas, subíamos con mucha precaución, probando la firmeza de cada peldaño y aferrándonos con fuerza a la columna. Por un momento tuve la impresión de revivir sensaciones del último sueño: tenía miedo de que nos vieran los abuelos, temor de caerme desde esa altura; y además, la escalera rechinaba con idéntico sonido. Ya casi oscurecía cuando llegamos a la parte superior de la escalera, frente a la puerta del altillo.
De pronto miré hacia atrás y vi a Fina muy cerca de mí. Estaba temblando aterrada, abrazada al puntal con una expresión de espanto. Traté de calmarla, pero fue peor. Se tambaleó y el frasco de aceite se le escapó de las manos para dar contra el cemento de la base. Haciendo apenas equilibrio, probé una de las llaves y no entró en la ranura. Sin perder tiempo, probé la segunda llave. Entró en la cerradura pero no llegó al fondo. Hice un poco de fuerza pero resultó más complicada que la anterior. Se trabó en el candado. Me apoyé en la puerta para mantener el equilibrio y comencé a tironear con todas mis fuerzas, hasta que pude arrancarla de la cerradura. El sacudón me hizo trastabillar y estuve a punto de precipitarme al vacío. Me salvó Fina que, con un movimiento veloz e instintivo, me sostuvo y evitó la caída. Esa maniobra de emergencia le arrancó nuevos quejidos a la escalera que esta vez se sacudió demasiado y por un momento nos dio pánico. Rápidamente, volví a probar la otra llave, haciéndola girar hacia ambos lados. Poco a poco comenzó a tener más movimiento, más giro, y un poco más...hasta que logré que diera una vuelta completa a la cerradura. Después de insistir con ese jueguito, la llave completó la segunda vuelta y luego de un forcejeo se abrió el candado.
Debajo de nuestros pies la escalera oscilaba y crujía con cada movimiento y acentuaba la angustia de ese instante. Cuando intentamos abrir la puerta, experimentamos una mezcla de terror, intriga y ansiedad. Por cierto, la madera hinchada, endurecida por la intemperie, nos dificultaba el trabajo. Le propuse a Fina que empujáramos los dos al mismo tiempo y estuvo de acuerdo.
¡Un, dos, tres! -exclamé. Y presionamos con fuerza.
¡Un, dos, tres! Otro intento y la puerta cedió un poco y al empujar nuevamente con más fuerza se abrió casi por completo. Desde  adentro brotó un olor extraño, como de museo. Avanzamos medio paso, intrigados y espantados a la vez. Fina, siempre detrás de mí, preguntaba qué veía pero yo, con el cuerpo contraído y la boca paralizada no pude responderle. En el interior del cuarto, una borrosa visión nos dejó mudos: sentada en su antigua mecedora con ojos tristes y una leve sonrisa, la imagen de nuestra madre rodeada de libros y aves embalsamadas, nos miraba con ternura. Entre sus manos sostenía a Candy, la paloma mensajera.
Aturdido, perplejo, sin comprender nada, sólo reaccioné cuando escuché el llanto apagado de Fina que temblaba y gemía como un pichón recién nacido.
Repentinamente, un estruendo metálico resonó abajo, en el patio. Al asomarnos, vimos la escalera desplomada en el piso. Su vieja estructura de hierro y óxido, yacía sobre el duro cemento.
Quedamos boquiabiertos, aferrados al marco de la puerta, en el borde del umbral, a más de cinco metros de altura. Parecíamos atrapados entre dos mundos distantes y opuestos.
Un pánico silencioso, recorría mi cuerpo. Fina tenía la palidez de la muerte. De pronto, en la puerta de calle, tronó el llamador con golpes exasperados. Era la abuela, de regreso del hospital. Acorralado, como buscando no sé bien qué, di un paso hacia el interior del cuarto, giré bruscamente y con torpeza derribé a un oscuro cormorán de alas grandes y pecho altivo, que cayó pesadamente al suelo con sus alas muy abiertas.
-Felipe... susurró Fina. Y ambos miramos a mamá.
Ella, desde su rincón, sumergida en la penumbra, nos sonreía con tristeza.

Después, supimos que el abuelo había muerto.
A la abuela, esa tarde los médicos la habían mandado de vuelta porque lo tenían todo entubado en la sala de cuidados intensivos y allí no se podía quedar. Mientras venía de regreso para buscarle un pijama y calzoncillos, el abuelo tuvo un paro cardíaco y su corazón no resistió. Una enfermera había escuchado que deliraba y repetía, una y otra vez: 
-La escalera... se cae... se cae...!

A nosotros nos rescató el hijo de doña Elisa, que consiguió entrar por el fondo desde los techos. Aquella tarde descubrimos algo asombroso e inexplicable: el abuelo había muerto casi mismo tiempo en que la escalera de caracol se derrumbaba sobre el piso del patio.

Ahora es la abuela la que, de vez en cuando, nos muestra la enciclopedia de aves de mamá.

Ah, mi mamá... Está allá arriba, en la piecita, rodeada por sus pájaros, tal como se lo había pedido al abuelo, antes de desaparecer.
De vez en cuando nos las arreglamos con Fina para subirle flores.
Ella, desde su rincón, sentada en la antigua mecedora con Candy entre sus manos, nos regala una tierna sonrisa.



*  *  *

martes, 18 de septiembre de 2012

La cueva azul

Guillermo Hardwick




Comenzaba la primera semana de diciembre de 2009 cuando ultimábamos los aprontes del plan de filmación que habíamos proyectado en la provincia de Santa Cruz, en la zona de El Chaltén, a unos 3.000 kilómetros al sur de Buenos Aires.
Se trataba de un nuevo capítulo del programa País Paisaje que estábamos realizando con Roberto Vacca para Canal 7 de Buenos Aires.
De acuerdo al proyecto original, ya habíamos completado la mayoría de los circuitos previstos y quedaban pocos sitios para visitar. El capítulo sobre el Chaltén, precisamente, era uno de los últimos.
Lo singular de este viaje era que, inexplicablemente, por primera vez no tenía deseos de partir. No sabía exactamente a qué atribuirlo, pero era así. Lo cierto es que experimentaba una sensación extraña, como una especie de recelo, cada vez que comentaba detalles del trayecto o del plan de rodaje.
Los hechos demostrarían luego esta rara sensación premonitoria.
El presente relato intenta describir los pormenores del viaje a Santa Cruz.

* * *

Luego de un vuelo que nos resultó cansador, arribamos al aeropuerto de El Calafate donde nos esperaban para trasladarnos a la localidad de El Chaltén, a doscientos kilómetros al sur por la ruta 40. Allí estaríamos alojados para llevar a cabo el plan de producción que teníamos coordinado con los encargados del área de Turismo.
El pequeño poblado está enclavado al pie del cerro Fitz Roy (Chaltén en lengua Tehuelche) en un lugar maravilloso, rodeado de un panorama cordillerano increíble por la imponencia y belleza de sus montañas.
A nuestra llegada nos esperaba la delegación representativa del lugar a quienes les detallamos nuestros objetivos y en base al plan de tareas elaboramos en conjunto un cronograma de filmación.
Las primeras tomas consistieron en registrar las alternativas de una de las actividades más usuales de este centro turístico: el trekking de montaña. Con este fin, realizamos extensas caminatas por senderos encantados, magníficos puntos panorámicos, sorprendentes bosques de lengas, siempre custodiados por la mística imagen del monte Fitz Roy, el enigmático cerro que las leyendas Tehuelches describen como un sitio mágico, con un magnetismo propio de las cumbres de mayor dificultad de acceso, lo cual cautiva a montañistas de todo el mundo que llegan hasta aquí para conquistarlo.
            Además, una de las particularidades de la zona son los glaciares que se asoman por detrás de los perfiles rocosos y decoran las cumbres con sus coronas de hielo. Uno de los más impactantes es el Glaciar Viedma que se desliza cuesta abajo entre el cerro Huemul y el cerro Campana y descarga sus bloques helados sobre las aguas del lago Viedma.
Este sería nuestro siguiente objetivo.

Recorrerlo constituiría una experiencia inolvidable no despojada de cierto riesgo por las características del lugar. Por ello, para esta travesía habíamos contactado a expertos guías de alta montaña que conocían muy bien la región.
Esa noche, durante la cena en el hotel, comentábamos con el grupo acerca de la importancia del glaciar Viedma desde nuestra mirada documental. Los secretos que escondía el ventisquero en sus magníficos perfiles de hielo serian una fiesta de luz y color. En pocas horas marcharíamos hacia él y para ello la consigna era clara: todas las baterías con carga y mucha concentración en el lugar.
La mañana siguiente pareció distinta, muy luminosa, ideal para el plan de trabajo que teníamos previsto para aquél día de filmación. La idea era aprovechar la excelente luz matinal para realizar una travesía sobre el glaciar y averiguar qué había de cierto acerca de una caverna de hielo donde el sol que se filtra forma azules únicos.
El vehículo que nos llevaría al embarcadero llegó temprano y con tiempo para cargar el equipo de filmación necesario para la extensa jornada que habíamos planificado. Durante el trayecto ajustamos algunas ideas sobre la forma de encarar el tema del glaciar y sus misterios. Realmente el tema nos parecía muy atractivo.
En el muelle, la embarcación ya esperaba nuestra llegada y la tripulación, muy cordial y activa, de inmediato se puso a disposición para facilitarnos la tarea. De hecho, el plan incluía registrar imágenes de todo el trayecto, desde la llegada al muelle con los detalles del equipo a bordo y luego el itinerario a través del lago hasta llegar a los colosales hielos del glaciar.
En poco menos de una hora estuvimos frente a la muralla blancoazulada del glaciar de la que, de improviso, se desprendieron algunos bloques que tronaron sobre el lago con el estruendo propio de la naturaleza desplegada en plenitud. Luego de completar varias tomas de sus colosales perfiles, desembarcamos en un promontorio lateral para iniciar el ascenso por los faldeos adyacentes del glaciar y así llegar a un buen punto de acceso, es decir, a un sitio donde las masas de hielo compactado fuesen firmes.
El inicio de la marcha fue difícil por lo escarpado del terreno, increíblemente erosionado por los hielos durante milenios. Orientados por nuestros guías, al cabo de una hora de trepada sin prisa pero sin pausa, llegamos a un sitio seguro. Allí los montañistas distribuyeron entre el grupo los grampones indispensables para desplazarse sobre el hielo y nos recordaron los movimientos básicos para caminar con ellos sobre las ondulaciones del glaciar (llevando el cuerpo hacia adelante en las subidas y en las bajadas el torso hacia atrás, flexionando las piernas).
Lo que siguió después, cuando iniciamos la travesía sobre los hielos, fue simplemente indescriptible. Ante nuestros ojos emergió un espectáculo único, increíble, donde los matices de azules y las formas caprichosas de los gigantes helados creaban un paisaje incomparable.
Nos abrumaba tanta belleza y nos conmovía hasta las lagrimas y a la vez nos producía un regocijo que arrancaba risas y bromas y todo se mezclaba con las voces propias de la operación técnica, donde los murmullos atónitos de asombro se interrumpían de pronto ante la voz que anunciaba “¡Silencio, grabando!”
A medida que avanzábamos con paso lento y titubeante, advertíamos enormes y profundas grietas que exhibían azules indescriptibles y sobre los paredones internos asomaban huecos formados por rocas que el glaciar arrastraba desde las cumbres luego de arrancarlos de los monumentales macizos de la cordillera.
Nuestros guías, conocedores del lugar, nos indicaban puntos de observación que significaban un regocijo para nuestros ojos y para la cámara y en todas direcciones encontrábamos inmejorables tomas que poco a poco conformaban un material de filmación óptimo.
Finalmente, al cabo de varias horas de trabajo, concluimos la etapa sobre el glaciar e iniciamos el camino de regreso. La jornada que ocupó toda esa mañana, a juzgar por la calidad y cantidad de material filmado, había sido muy provechosa. Sin embargo, nuestra tarea aun no había terminado. A pesar de la generosidad de ese sitio impregnado de intensa belleza, era indispensable revelar la incógnita que nos había llevado al lugar.
Antes de despojamos de los grampones preguntamos a nuestros acompañantes si sabían algo sobre una cueva en el glaciar donde el techo de hielo filtra la luz del día y produce un efecto de azules únicos.
Ante la consulta los guías sonrieron. Preguntamos qué era lo que les causaba gracia al tiempo que explicábamos la importancia de esas imágenes, necesarias para el final de la secuencia. Nos respondieron que en realidad les sorprendía la convicción del grupo de no regresar sin esas imágenes sin consultar si era posible llegar hasta allí. Estuvimos de acuerdo en que las imágenes justificaban cualquier sacrificio. Entonces, nos explicaron que la ruta de acceso era por la montaña y no por el glaciar y de inmediato nos pusimos en marcha.
Era cierto: había una cueva en el hielo donde el sol jugaba con los azules milenarios.
Para nuestra sorpresa, el trayecto no fue largo, ni difícil. En poco tiempo estuvimos frente a una enorme gruta donde el hielo había ocupado todos los espacios posibles. Y esa invasión glaciaria, cimentada durante miles de años, había construido una gran caverna formada por un callejón rocoso ¡y la cúpula de hielo macizo!
En honor a la verdad, desde afuera solo despertaba cierta llamativa curiosidad por la rareza de la formación. Sin embargo, cuando nos internamos unos metros, empapándonos al instante por el goteo permanente del hielo, no podíamos creer lo que teníamos ante nuestros ojos. Estábamos en el corazón del glaciar, en el interior de un mundo mágico que palpitaba en estruendos seculares y nos ofrecía uno de los espectáculos más sobrecogedores del planeta.
Apenas recuperados de la emoción, una nueva sorpresa: repentinamente unas nubes cubrieron el sol y la luz comenzó a cambiar dentro de la cueva; las tonalidades de azules multifacéticos mutaron de tono en tono, de matiz en matiz, generando un efecto de luminosidad tornasolada inimaginable, diferente, únicamente igual a si misma.
Enardecidos de entusiasmo, movilizados por la exaltación y el asombro, nos lanzamos hacia adentro y escuchamos el rumor de sonoros cursos de agua que recorrían las entrañas de hielo como una música. Y así como el sol jugueteaba en los azules de la caverna, el agua retozaba entre las venas de cristal componiendo una verdadera sinfonía de naturaleza y eternidad.
Diego, el camarógrafo, probaba encuadres desde todos los ángulos,  no perdía un segundo para describir cada rincón de la gruta. Finalmente, dimos por terminada la tarea. Era la media tarde y aun nos faltaba concluir la jornada de filmación en la localidad de El Chaltén. Por ello, con cierta prisa recogimos el equipamiento e iniciamos el regreso a la embarcación.
Pero esta vez la fatalidad nos esperaba en el camino. Apenas habían transcurrido unos pocos minutos de marcha, se produjo el accidente: al avanzar por un sitio de piedras sueltas, perdí el equilibrio y en la caída mi pie izquierdo se trabó en una saliente rocosa. Sentí en el pie un dolor indescriptible. Al intentar incorporarme advertí que el pie izquierdo estaba fuera de su posición, doblado en ángulo recto hacia afuera de la pierna. Con cuidado lo acomodé en su lugar, pero me di cuenta que no podría ponerme de pie. El resultado era evidente: me había fracturado el tobillo. Y a juzgar por el dolor intenso, la lesión era importante.
En la montaña cualquier percance, por insignificante que sea, se complica mucho. Ya sea por las características del relieve o por las condiciones climáticas muy variables (un día soleado y apacible puede transformarse en pocos minutos en una pesadilla por un repentino frente de tormenta), la gravedad de un accidente depende de las condiciones del lugar donde se produce. Además, en este caso desconocíamos el grado de compromiso de la fractura más allá de lo que yo mismo podía comunicar al grupo. Y si bien no evidenciaba dolores intensos, la pierna estaba inutilizada por completo.
Por ello, la prioridad era inmovilizarla rápidamente y tratar de salir de allí cuanto antes para trasladarme al poblado ya que necesitaría inmediata atención médica.
Con rapidez nuestros guías pusieron en marcha un operativo de rescate. Con la radio alertaron a un grupo de guías de alta montaña que afortunadamente se encontraban en la zona realizando prácticas de salvamento.
Fue así que en pocos minutos estuvieron con nosotros e inmovilizaron la pierna herida con una piqueta y unas cuerdas. Un rato después, llegó otro rescatista con una camilla para emergencias y entre los más entrenados organizaron el traslado.
Las condiciones del terreno, verdaderamente, no eran las mejores. Los montañistas habían decidido avanzar por la ruta más corta pero de mayor dificultad, lo cual obligaba al equipo de rescate a un esfuerzo máximo. Cada metro que avanzaban, la marcha resultaba menos sencilla. Desde la camilla los oía resoplar de cansancio. Escuchaba sus nombres, jadeando de agotamiento, en frases encogidas por el esfuerzo: ¡Dale, Pipa! ¡Cuidado Juan! ¡Fer…por acá! En varias oportunidades se corrió mucho peligro para sortear obstáculos difíciles y con frecuencia debían hacer paradas para recuperar fuerzas. Durante un instante pude ver a Diego y su cámara que estaba registrando las escenas del rescate. No sé si me vio, igual le sonreí un segundo mientras le mostraba el pulgar hacia arriba.
Desde mi atadura, en la camilla, pensaba: “Si un cuerpo inerte es difícil de transportar en terreno llano, en la montaña es prácticamente inmanejable.” A pesar de que estaba muy bien sujeto, cada movimiento de avance me sacudía con violencia. En realidad, sentía que todos sufríamos las penurias de los guías comprometidos en ese arduo rescate.
Precisamente, hubo una circunstancia casi fatal. Fue el momento en que estuvimos a punto de caer al vacío al sortear un desnivel peligroso.
Por un instante todos quedamos sin aliento, inmóviles y sobrecogidos.
Yo percibí la desesperación en sus voces ahogadas de angustia. Sentí el temblor de las manos que se crispaban en la camilla y advertí que el peligro nos jugaba una mala pasada. De improviso, la camilla se desniveló y mi cuerpo quedó casi en el vacío. Durante unos segundos experimenté el frío del riesgo extremo, sensación única que produce una situación límite. Hubo órdenes desesperadas, gritos de angustia, voces de zozobra… No obstante, el grupo pudo controlar la situación y avanzar sobre el obstáculo hasta superarlo, aunque no sin esfuerzo y desazón a la vez.
En realidad, fue un milagro no habernos precipitado todos al barranco. La destreza y la audacia heroica del grupo impidieron una caída fatídica.
Desde mi posición en la camilla de rescate pude observar de cerca sus acciones temerarias y sus gestos de increíble valor, los que quedaran para siempre en mi memoria.
Lo cierto es que el tiempo que llevó el camino de descenso nos pareció una eternidad. Solo cuando llegamos a la embarcación, todos pudimos respirar aliviados.
A nuestro regreso había un móvil en el embarcadero aguardando para trasladarme al puesto sanitario. Allí me hicieron los primeros estudios que efectivamente confirmaron la fractura.
Con la orden de atención lista, la ambulancia salió raudamente del puesto sanitario con destino al hospital de El Calafate. En ella viajaba acompañado por Gaby, nuestra productora turística y una enfermera.
El viaje hacia el Calafate es un recorrido de casi 200 kilómetros que el vehiculo devoró con voracidad de dinosaurio. De vez en cuando me incorporaba de la camilla para asomarme a la ventanilla y ver los magníficos horizontes patagónicos. Pero pronto debía acomodarme para no ser despedido de la camilla por la inercia que la ambulancia producía en cada curva del camino. En esos momentos tenía ganas de decirle al chofer que en realidad mi caso no revestía ninguna urgencia alarmante, que no era necesario tanto apuro. Pero reconocía a la vez que los conductores de ambulancias tienen el pie pesado.
En el hospital, un traumatólogo dio la indicación para una nueva placa radiográfica y la imagen determinó que se trataba de una fractura de peroné y que requería una solución quirúrgica. Además, debía usar en forma permanente por un periodo aproximado de sesenta días, una bota Walker y muletas. Por consiguiente, en tanto que la cirugía podría hacerse en unos días en Buenos Aires, Ariel y Gaby se ocuparon de conseguir los elementos indicados.
El paso siguiente, de acuerdo a la recomendación del especialista, era gestionar ante la línea aérea la autorización médica para regresar a Buenos Aires. Las compañías aéreas suelen tomar recaudos cuando viajan pasajeros con alguna patología aunque se trate de una simple fractura de tobillo. Exigen una certificación médica especial llamada Información Medica Standard para Transporte, emitida por el especialista que haya atendido el caso, la cual debe ser presentada en la empresa de vuelos para ser avalada por sus médicos auditores. Asimismo, solicitan como requisito obligatorio que una hora antes de la partida el paciente se aplique una dosis de anticoagulante para prevenir una eventual trombosis durante el viaje (que en vuelo puede ser mortal) por efecto de la despresurización del avión.
Ciertamente, estos requisitos impuestos por la compañía aérea, lejos de tranquilizarme, no hacían más que incrementar el temor a la hora de pensar en el regreso. Ignoro, en realidad, si esta sensación es común a aquellas personas que deben viajar acarreando algún problema físico, pero en mi caso puedo asegurar que no lograba controlar la aprensión de volar sabiendo que el riesgo de una trombosis me amenazaba, implacable.
El día del viaje de regreso a buenos Aires llegamos con tiempo al aeropuerto. Una vez que cumplimos con todos los trámites y requisitos administrativos, un operario de la terminal aérea me ubicó en una silla de ruedas, me condujo a la nave y las azafatas me situaron en el primer asiento (lugar que suele destinarse para madres con bebes o niños muy pequeños o para casos como el mío).
Durante el vuelo, todo el equipo disimulo la tensión ocasionada por mi estado. Si bien en el Aeropuerto del Calafate me habían aplicado la dosis de anticoagulante requerida, aun existía el riesgo de una complicación. Una de las azafatas cada vez que pasaba junto a mí se inclinaba para preguntarme si estaba bien, con mareos o algún otro malestar. Mis respuestas, afortunadamente, siempre fueron tranquilizantes. Estaba sereno y sin molestias.
Cuando la nave tocó suelo porteño, en Aeroparque se había dispuesto un operativo de traslado especial para pasajeros discapacitados. Una vez que descendieron los pasajeros, un operario  se acercó a mi asiento con una silla de ruedas para trasladarme a una grúa elevador. Era un monta carga que habitualmente se utiliza para transportar mercadería a las aeronaves. Allí, en una especie de corralito dentro de la cabina del elevador, ubicaron la silla de ruedas y así me trasladaron hasta el sector de las cintas transportadoras de equipaje, en la zona de desembarque.
Afuera, esperaba la camioneta del canal y el regreso a la vida urbana. Atrás había quedado la maravillosa experiencia de los glaciares, sus perfiles cristalinos, sus azules inolvidables.
Al día siguiente visité a un traumatólogo y tres días más tarde me colocaban una pequeña placa con cuatro tornillos para sostener con firmeza la fractura del peroné a los que, poco a poco, me fui acostumbrando.

Por cierto, las escenas del rescate tomadas por nuestro camarógrafo sirvieron para graficar la tarea valerosa, solidaria y muchas veces poco reconocida de los guías de montaña, como los rescatistas de El Chaltén, a quienes está dedicado este relato.
Sobre todo porque sin ellos… tal vez nunca hubiese podido escribirlo.

Ojos de silencio

Guillermo Hardwick




          L
o vi por primera vez en una casi irreal, estación ferroviaria. Recuerdo que esperábamos con Juanjo la llegada del tren para viajar a Constitución. Estaba a poca distancia de nosotros, y sólo visible por segundos, mezclado entre el gentío que se apretujaba ante el arribo del tren.

          La aparición de aquél desconocido era como si los sucesos de una antigua pesadilla, inesperadamente, se hubieran hecho realidad. Sin duda, ese repentino encuentro (nada casual) que atribuyo -ahora- a cierto capricho antojadizo de mi subconsciente, me había inquietado. Y mi temor debía haber sido evidente en ese momento por el tono con que Juanjo me decía algo así como “qué me pasaba que tenía esa cara de espanto, que el tren ya estaba en movimiento y qué esperaba para subir que él me ayudaba con el brazo, pero qué estúpido era que casi me mataba si no me agarraba con fuerza...”
           Confundido, me disculpé por mi torpeza y porque, en realidad, él estaba tan asustado como yo, y qué le íbamos a hacer, eran cosas que pasaban...

            Pocos días más tarde volví a encontrarlo, esta vez en la Biblioteca Municipal. Ocupaba un rincón poco iluminado en el fondo del salón de lectura. Atemorizado y tenso, lo observé de reojo varios minutos. Recuerdo claramente la forma curiosa y tan singular con que pasaba las hojas del libro que leía. Su rostro semioculto en la penumbra parecía despojado de rasgos. Era muy extraño: algo así como ver una foto muy vieja de alguien que aún no había nacido; o como si, en pesadillas lejanas, hubiera visto cada gesto, cada expresión suya.
             Sin embargo... quién era.
            Qué extrañas razones me impedían reconocerlo. Tal vez un mínimo indicio me ayude–, medité.
            Debía enfrentar, entonces, la situación y develar la incógnita. Tomé fuerzas y me acerque a él. Cuidando el tono justo de voz para no molestar a los pocos lectores de esa hora agónica, me incliné levemente y lo miré con resolución. Era la primera vez que lo miraba así.
            -”Perdón, señor...” -dije. Por un instante creí ser devorado por el individuo. Alertado por mi actitud, levantó los ojos y me observó un momento. A pesar de no distinguirlo claramente sentí el hielo de su mirada. Fue un instante eterno. Luego recorrió la sala escrutando todo a su alrededor. Parecía tan real y sin embargo era como si no estuviera allí, como si fuera un fantasma visible, una imagen virtual. Concluyó su observación y sin responderme se refugió nuevamente en la lectura.
             Bajé la vista sonrojado ante las miradas secas de los habitantes de ese universo silencioso e inmóvil. Sólo después de un rato volví a levantarla y advertí que el desconocido se había marchado.

              Varias semanas después, en las cercanías de la Estación Liniers del ferrocarril, ocurrió un nuevo hecho.
              No estoy seguro, en realidad, si lo vi antes y tropecé, o si al dar contra unas baldosas apiladas desvié la mirada involuntariamente hacia el otro extremo de la calle, precisamente por donde caminaba el desconocido. Puedo asegurar, en cambio, que sentí la misma sensación de temor que me inmovilizara en los encuentros anteriores y una repentina necesidad de no ser descubierto. Se me ocurrió que no debía perderlo de vista.
             -Tengo que seguirlo-, me dije. Ese andar me resultaba demasiado familiar. Tenía la certidumbre de conocer esa manera de caminar, meciendo levemente el cuerpo hacia los costados, arrojando los brazos con cuidada informalidad, sosteniendo el torso erguido hasta la hidalguía.
            Luego de haber caminado varias cuadras tras él, me detuve en un paso a nivel y observé que cruzaba las vías. Iba a continuar la marcha cuando en ese mismo instante, un bocinazo me sacudió. No había advertido la llegada de un tren a la estación. Di un salto hacia atrás, espantado para evitar que me atropelle.
            -Otra vez-, murmuré, temblando de susto. Miré al otro lado de las vías, y nuevamente el extraño había desaparecido.
            Esa tarde no podía dejar de pensar en la extraña coincidencia de haber sufrido algún percance en cada encuentro.
            Sentí temor. Esta circunstancia era tal vez una advertencia premonitoria, un sutil presagio de algo que habría ocurrido alguna vez y que, probablemente, volvería a ocurrir. Alarmado por esta sospecha, creí necesario prever futuros encuentros. Incluso, no sería mala idea modificar mis hábitos cotidianos, reflexioné.
            Resolví, entonces, preparar una especie de estrategia. Debía evitar toda rutina: los horarios de trabajo, las horas de descanso, los abúlicos encuentros con Eugenia (progresiva infrecuencia destinada al olvido) e incluso las visitas a sitios que hasta ese momento eran de mi predilección. Además, comprendí que era necesario iniciar una minuciosa búsqueda retrospectiva en los rincones más lejanos de mi pasado. Mediante laberínticos itinerarios debería recorrer lugares olvidados, distantes. Miles de sitios imprevisibles me aguardaban.
            La tarde en que encontré a Juanjo (en honor a la verdad él me encontró a mí) agotamos el tema de mi extraña, según él, transfiguración. “...Que estaba raro, decía, porque eso de ir absurdamente de aquí para allá recorriendo como un autómata lugares dispares tratando de encontrar rastros de ese desconocido del que le hablaba todo el tiempo era difícil de aceptar, sobre todo en una persona centrada como yo. Y que como amigo personal se veía en la obligación de hacerme entrar en razón, porque no era nada normal todo esto y...”
            Recuerdo que le respondí con ingenuidad “qué era lo anormal” y él, mirándome molesto afirmaba que “en realidad, yo pretendía huir de ese individuo, ya que a los únicos lugares adonde no se me había ocurrido volver era, precisamente a aquellos donde se produjeron los encuentros. Que mi obstinada búsqueda era, en realidad, un pretexto para ocultar una fuga inexplicable.” Creo que le dije imbécil (o lo pensé), no estoy seguro. Cuando nos despedimos, agriamente, sabía que no volveríamos a vernos más. (Poco tiempo después me enteré ocasionalmente que había fallecido de un ataque cardíaco) Recuerdo que en aquél instante me sentí culpable por el adjetivo que abruptamente le dediqué en nuestra última charla. Lo cierto es que esa fue la última vez que vi a Juanjo. Durante un tiempo me apenó esa ruptura inútil. Aunque-lo admito-, pronto reanudé la empecinada búsqueda. Era necesario hacer una revisión de todo lo acontecido, desde el primer encuentro en aquél andén de estación.
            Varias semanas más tarde, al regresar de un paseo, tuve una idea: quizás podría encontrar la forma de calcular dónde y cuándo sería el próximo contacto con el desconocido. Parecía disparatado y simple al mismo tiempo. Si combinaba los datos de los sitios donde se produjeron los encuentros con los horarios y las frecuencias de tiempo entre ellos, tal vez lograría obtener algún resultado.
            Sería una labor cautivante aunque nada fácil, imaginé. Sin pensarlo demasiado, puse manos a la obra.
            Seleccioné en la computadora varios programas con mapas y croquis de calles e imaginé algunas fórmulas. Luego, preparé archivos, anoté datos, fechas, horarios y agrupé convenientemente todos los parámetros.
            Y entonces, comencé la fascinante búsqueda.
            Fueron fatigosas vigilias. Al principio, la decepción de los primeros intentos me angustiaba. No encontraba la manera de combinar las fórmulas; sentía que no me conducían a ninguna parte. Luego, fue probar una y otra vez; ensamblar los términos en las variables, combinar de mil formas diferentes los parámetros con las líneas de tiempo y cruzar cientos de resultados con otros cientos de variables. Reconozco que varias veces me sentí ridículo y pensé en renunciar, sin embargo siempre conseguía reponerme y continuar.
             Hasta que, finalmente, después de muchas horas, jornadas y días de perseverancia pude encontrar las tres respuestas buscadas: el lugar, la fecha y la hora exacta del próximo encuentro.
            ¡Casi no podía creer lo que había logrado! (sospecho que esto resulta muy difícil de creer, pero aseguro que es absolutamente real)
            El sitio resultó ser una esquina céntrica, populosa y febril en horas de la mañana. El plazo, seis días y seis horas.
            Recuerdo que mi ansiedad apenas superaba a mi asombro. Y no era para menos; explorar los dominios del futuro resultaba sin duda un hecho prodigioso. Quién hubiese pensado que esos encuentros fortuitos me hubieran permitido ensamblar el pasado con el futuro, meditaba.
            ¿Qué razones metafísicas me habrían impulsado a ese inexorable destino?
            Me sentía exaltado y fascinado a la vez.
            Aguardé ese día con incontenible ansiedad. Premeditadamente evité acercarme al sitio calculado. Hubiera sido una trasgresión inútil y probablemente fatídica. Después de todo, era imposible alterar la realidad.
            La espera, lo reconozco, fue angustiosa.
           Durante ese tiempo muerto solo pensaba en el instante del encuentro y en la actitud que debería tomar frente al desconocido. Esperar que me hable, saludarlo primero, estrechar su mano, nada me parecía apropiado… 
            Finalmente, decidí que lo mejor sería la espontaneidad.
            Hasta que, por fin, llegó el día previsto.
            Me golpeaba con furia el corazón cuando caminé el último tramo hasta el lugar, prácticamente sobre la hora. Como un centinela, me aposté exactamente en el sitio calculado, la esquina de la sucursal del Banco Provincia. Desde allí, mi mirada se incrustaba en los cientos de rostros sin forma de una muchedumbre que exasperaba esas horas tempranas.
            El primer minuto de espera fue interminable; los siguientes, una eternidad…
            Entonces, comencé a pensar en lo ridículo de todos esos cálculos y recorridos y en cómo me había dejado llevar absurdamente por esa estúpida idea... cuando, exactamente seis minutos después de la hora prevista, divisé al desconocido que avanzaba directamente hacia mí. Su clara displicencia, el rítmico bamboleo, el torso erguido.
            Me quedé mudo. Solo atiné a sonreír nerviosamente cuando estaba a pocos metros y sentí sus ojos clavados en los míos. Parecía que me observaba con alguna extraña intención, aunque su mirada estaba vacía, asombrosamente inexpresiva como los ojos de un cadáver.
            “Ojos de silencio...”-pensé.
            Fue cuando quedé petrificado. Ni moverme pude cuando me vi pasar y sin poder reaccionar me observé alejarme y turbado por esa visión me seguí y con desesperación traté de darme alcance entre los transeúntes que se interponían y sentí los empujones de sus prisas y al cruzar la calle me distrajo un taxi que de improviso apuró el cruce del semáforo y casi me atropella...
            Cuando reaccioné, ya era tarde. El individuo se había perdido entre la gente.
            Sólo después de cierto tiempo comprendí que aquél sería el último encuentro. Desde entonces, jamás lo volví a ver.
            Y tal vez nunca pueda admitir que ese singular desconocido, era yo mismo.


* * *

Sin Alberto


Guillermo Hardwick




         Terminaba el otoño cuando en casa nos enteramos que Julia estaba en Buenos Aires, después de muchos años, en un viaje repentino. Con Julia compartimos desde muy jóvenes los placeres del barrio hasta que sus padres se mudaron a otra zona por razones de trabajo. Aun así, logramos conservar nuestra idílica amistad sellada una tarde adolescente con un gran corazón tallado en el tronco de un añoso paraíso en el que escribimos: "Yo amo a Julia. Yo amo a Angel". Hasta que la boda temprana con Alberto y su partida a España nos alejaron irremediablemente.
        Sin embargo, cuando viajaba a Buenos Aires para ver a sus padres, Julia nunca dejaba de pasar por casa con Alberto a saludarnos. A mi mamá y a mi hermana les daba alegría la visita. A mi me molestaba.
        Casi todos los años venía a Buenos Aires en plan de visitas familiares y también, según se decía, para ver si la cigüeña se decidía a venir por aquí, ya que en España… la cosa no andaba.
        Tal vez fuera porque Julia sufría largos periodos de melancolía. Pasaba semanas enteras afligida por la añoranza. Alberto y su familia, gente muy buena, intentaban ayudarla a superar esas crisis; la mimaban, le hacían regalos, pero ella extrañaba sin consuelo a sus “amores”, tal como nombraba a su entorno familiar.

        Cuando murieron sus padres Julia viajó de urgencia por unos pocos días. Al regresar, su corazón se colmó de tristeza y pasó mucho tiempo sin venir, hasta este otoño en que nos enteramos de su retorno.
Esta vez había viajado desde Madrid sin Alberto.
         En realidad, venía para arreglar asuntos pendientes de familia después del fallecimiento de sus padres. Entre sus cosas estaba el asunto de la herencia de la casa, unos terrenos y una cuestión con su hermana y su cuñado, por cierto manejo “oscuro”, según nos comentara en algún momento. Y a pesar de que contaba con poco tiempo y muchas cuestiones por ver, se las arregló para venir a casa, como en otros viajes, a contarnos de sus cosas en Madrid.
        Pero esa tarde estaba distinta. Había llegado muy arreglada, con un toque muy sensual, como si tuviese una cita en plan de seducción.
         Realmente estaba espléndida.
       Sus enormes ojos de mirada diabla, su rostro desbordante de sensualidad, sus labios tibios, desplegaban plenitud y encanto.
         A mamá le dio alegría saber que esta vez Julia se quedaría a comer con nosotros.

         La cena, nostálgica y divertida, se extendió entre la amenidad de viejas anécdotas y el glorioso sabor de la cocina de Ignacia, generosa y reconfortante siempre. Cerca de la medianoche, Julia pidió que le llamáramos un taxi para regresar hasta la casa de sus padres donde pasaría la noche. Al instante respondimos que no era necesario, que yo podría acercarla. Desde luego estuvo de acuerdo, después de todo estábamos a quince minutos de viaje y aun si fuera a mayor distancia la hubiera acercado igualmente, ya que no me costaba nada y que faltaba mas y todas esas frases de cortesía…

         Quince minutos mas tarde, llegábamos a la antigua casona familiar. Al bajar, Julia me pidió que la acompañe adentro. La casa llevaba mucho tiempo deshabitada y le atemorizaba llegar tan tarde y entrar sola. Le dije que no tuviera ningún temor, que yo la acompañaría y entraría con ella. Entonces, me entregó la llave.
         Cuando cruzamos la calle y caminamos sobre el empedrado brilloso a esa hora húmeda, sentí de pronto un relámpago de recuerdos de infancia.
Me parecía escuchar las risas y gritos de los pibes del barrio, cuanto usábamos pantalones cortos y la vida fluía entre rayuelas y barriletes. Julia me sonrió como si hubiera percibido también ese repentino asalto de nostalgia.

         Abrí la puerta cancel y entramos a la amplia sala de estar, sombría y abarrotada de muebles apilados. Eché una mirada por los rincones y comprobé que todo estaba tranquilo.
        Julia se quitó el abrigo con un gesto que me pareció provocativo. Cuando me dispuse a saludarla, encontré su mirada…y la observé callado.
         -Ángel… -Susurró.
         En ese momento recordé una lejana circunstancia similar en la que, por un instante, quise besarla una noche y no pude. Esa vez también había llegado desde Madrid sin Alberto.
         En un segundo, entre las sombras y el silencio sentí su cuerpo cercano al mío. Julia palpitaba de ansiedad; la mirada húmeda, los labios anhelantes, el cuerpo inquieto, las piernas levemente abiertas, su sexo contra el mío.
         Mientras besaba su cuello, de un solo movimiento llegué con mi mano a su pubis y tembló de excitación.
         Yo sentía mi erección incontrolable, especialmente cuando comenzaron sus gemidos lacónicos, como un lloriqueo ingenuo y voluptuoso a la vez.
         Su cuerpo parecía poseído por un frenesí ardoroso que iba en aumento y me arrastraba a una lujuria deliciosa de goce extremo. Era tanta mi excitación que seguramente no iba a durar mucho, pensé.
        Tumbados sobre un antiguo sillón de la sala, arranqué su pequeña braga, desabroché mis jeans y de un salto la titánica erección asomó de mis piernas para colarse entre sus muslos.
        Primero, hubo un silencio. Luego, su gemido  íntimo me sacudió. Finalmente, cuando estuve totalmente dentro de ella, pareció sumergirse en un profundo éxtasis.
         Entonces, percibí en su rostro una leve sonrisa cómplice y la apreté con fuerza contra mi cuerpo.
        -Ángel…-repitió y sonrió nuevamente, extasiada y plena, cuando mi esperma ardiente inundó su intimidad…

         Esa fue la única noche que estuvimos juntos. Sin embargo, desde aquél momento durante muchos meses continuamos en contacto a través del correo electrónico y conservamos ese glorioso secreto, hasta que nos sorprendió a todos su muerte repentina.
        Estábamos en casa con mamá, Ignacia y mi hermana cuando nos enteramos de la noticia por un mail de Alberto. Había fallecido en el parto al nacer la pequeña Albertina, a la que Julia iba a llamar Ángeles.