Vistas de página en total

lunes, 1 de octubre de 2012

Ese año, Nicole

Guillermo Hardwick



El automóvil de Nicole, después del impacto, aún permanecía a un costado de la avenida. Por todas partes había fragmentos del avión incendiado.
Los destellos azules de ambulancias y patrulleros crispaban los oscuros tempranos de la noche. Rodolfo, tendido sobre el asfalto, sentía que le explotaba la cabeza de dolor y un ardor profundo se le desparramaba por todo el cuerpo. Le pareció escuchar una voz lejana que preguntaba:
-¿Puede oirme?-, soy médico... ¿cómo se llama, amigo?
De pronto, Rodolfo dio un salto.
-¡Nicole…! –exclamó.

*  *  *

Tiritando de frío se despertó sobresaltado. Exhausto por el agobiante vuelo, se había recostado sin abrigo sobre la amplia cama y rápidamente lo venció el sueño. Estaba en la habitación del Milford Plaza, sobre la avenida Broadway, en pleno Manhattan.
Ese año, el invierno en Nueva York había sido muy crudo. Las temperaturas fueron consideradas las más bajas de los últimos veinte años y la nieve ocupaba calles, veredas, ventanas, escondía automóviles y colapsaba las azoteas de los edificios.
Rodolfo había llegado desde Madrid en un viaje inestable e incómodo. El asiento vecino lo había ocupado un enorme tejano, ancho y alto como un ropero, por lo tanto, de descansar, poco y nada; además, la cena durante el vuelo tuvo un insípido gusto a plástico. Por suerte, su malestar se fue disipando a lo largo del trayecto entre el aeropuerto Kennedy y el Milford Plaza Hotel, cerca de Times Square, donde tenía su reserva.
De regreso a Buenos Aires, después de un agotador mes de trabajo en España, había decidido hacer una breve escala en Nueva York en plan de compras y para ver algún espectáculo teatral, como el magnífico musical “Les Miserables”, que se  presentaba en el New York Imperial Theatre, de Broadway.
-Nueva York es una ciudad donde todo es posible, aún lo imposible-, decía siempre.
-Recorrer las avenidas, los parques o sus calles míticas, provoca una mezcla de plenitud y deleite- se repetía con frecuencia.
Precisamente, Nueva York lo sorprendió con una noticia que lo sacudió como pocas veces le había sucedido. Todo empezó con una llamada a Córdoba para saludar a viejos amigos a los que no visitaba desde hacía mucho tiempo.
Cuando se comunicó con ellos, mientras observaba a través de la ventana los perfiles grisáceos de las torres de 5ta. Avenida con sus terrazas cubiertas de nieve, no imaginó la sorprendente noticia.
-¡Hay novedades de Nicole!, le habían dicho.
La frase estalló en su cabeza.
-¡No… no puedo creerlo! -, les respondía,  aturdido.
-¡Nicole…! Arrolladora muchachita española; inteligente y jovial; aguda, creativa, profunda, transformadora…-, rememoró.
-Nicole…-, musitó en un suspiro hondo al evocar la pasión y loco frenesí que vivió junto a ella en aquél añorado caserón del barrio de Barracas.

 Por ella había sentido un amor incontrolable, único, intenso hasta el día en que debió regresar a su tierra natal. Desde aquél momento nunca más supo absolutamente nada de ella. Y jamás volvió a enamorarse. Su corazón se cerró definitivamente después de su partida.

-¡Hay noticias de Nicole! - repetía Corina casi provocándole un infarto.
-Está viviendo en Buenos Aires con su hija. Tiene una hija, Gretel.
-Llamó hace un año, más o menos- agregó Corina, calculando que el comentario caía como una bomba. Y sonrió con un gesto cómplice.
-Dejó un teléfono, lo querés…?- interrogó.
La mano de Rodolfo tembló cuando anotó el número telefónico.
-¡Nicole…! No puedo creerlo…- repetía exaltado.

Sin disimular su ansiedad, apuró la comunicación telefónica con la promesa de volver a llamar más tarde. Necesitaba marcar ese número de inmediato, escuchar su voz, saber de su vida, qué hacia, como era su hija…
Recordó aquella última vez en el aeropuerto de Ezeiza. Recordó escenas lejanas que se le agolpaban de pronto. Ignoraba su regreso a Buenos Aires y todo detalle de la vida de Nicole desde aquél instante en que desapareció de su vista al ingresar al sector de embarque para abordar el Boeing que la llevaría lejos, a otra tierra, a otra vida…
Unos meses antes de partir hacia Barcelona, Nicole le había confesado que había una persona, Joaquín. Había convivido un tiempo con él hasta que debió viajar a Buenos Aires para resolver asuntos familiares con una tía que vivía en Barracas. Allí conoció a Rodolfo. En Barcelona, Joaquín administraba un restaurante, tenía un buen futuro y la esperaba...
Rodolfo vivió el momento de la partida como uno de los más atormentados de su vida. Aquella mañana en el aeropuerto, formaba parte del conjunto de amigos más cercanos que estaba allí para despedirla.
Después de una breve tertulia grupal en el centro del hall, ante el aviso de su vuelo, Nicole regaló un calido abrazo a cada uno.
Cuando finalmente se acercó a él y le tendió los brazos, sintió en el apretón el dolor de la partida. Y al verla alejarse, una aguda sensación de vacío indescriptible en medio del pecho, como un espasmo de angustia insoportable, de congoja infinita, lo invadió desde adentro.
La despedida le provocaba un ahogo tan punzante que apenas podía respirar.
Mientras caminaban hacia la salida, la zozobra lo atormentaba y la sensación aumentaba a un límite imposible de soportar.
Tan fuerte fue el dolor de ese adiós que no pudo resistir la indomable y repentina reacción: instintivamente se lanzó en una carrera desenfrenada hacia los puestos de control por donde ingresan los pasajeros al sector de embarque. Alertados, unos guardias lo interceptaron. En un balbuceo entrecortado les dijo que llevaba un recado para una pasajera que estaba a bordo; sin esperar respuesta corrió por los pasillos alocadamente hasta el segundo puesto de control donde ensayó algo parecido y solicitó que lo acompañasen a la aeronave. Así, escoltado, jadeante y preso de un ataque de ansiedad llegó hasta la puerta del avión, apenas unos instantes antes que dieran la orden de cerrarla. Pidió ayuda a una azafata apostada en la entrada para ubicar a Nicole, en tanto avanzaba hacia las filas de asientos y allí la vio aún de pie, intentando colocar su bolso en un compartimento de equipajes.
Cuando Nicole advirtió su presencia, se acercó extrañada.
-¿…qué pasó…?! –dijo.
Rodolfo respondió en un susurro trémulo que necesitaba simplemente un último adiós: exclusivo, personal, tan solo el abrazo íntimo, final, fuera de las miradas cómplices de los amigos.
Nicole extendió los brazos y lo besó. Rodolfo la apretó con fuerza, sintió nuevamente su cuerpo calido y el fuego de sus labios paradójicamente apagó el ardor angustiante que le incendiaba el pecho.
-Hasta el próximo encuentro…-susurró, proponiendo una cita imposible.
-A veces, Nicole, las cosas del mundo se acomodan solas, sin saber cuándo, ni dónde ni cómo…
Una sonrisa final selló la despedida.
Al regresar, se reunió con el grupo que lo esperaba en el estacionamiento. Nadie dijo nada. Nadie abrió la boca. Entre miradas silenciosas emprendieron el regreso a la ciudad.

Su pensamiento volvió al presente para reflexionar sobre la paradoja de que los mismos amigos que ahora le daban esta novedad sobre Nicole eran los mismos que, muchos años atrás, lo habían invitado a una reunión para que se conociesen.
“-Te estábamos esperando para que conozcas a Nicole”-, le habían dicho.
“-Le hablamos mucho de vos, te va a encantar. “-, afirmaba Corina, una tarde.

El zumbido de la llamada resonaba ansiosamente en el telefono del piso veintiséis del Milford Plaza. Un temblor nervioso le sacudía el cuerpo. Los segundos de espera para que alguien responda la llamada resultaban interminables.
De pronto, una voz respondió. Era la quebrada voz de una anciana que apenas oía y hablaba con dificultad.
Rodolfo intentó hacerse entender y preguntó pausadamente por Nicole.
Pero la anciana no comprendía sus palabras; solo al cabo de varios intentos logró hacerse entender y la mujer le informó que la persona por la que preguntaba, ya no vivía allí…
Fue como un golpe terrible en medio del pecho. De pronto, todas sus expectativas se derrumbaron en un instante. Como si un torrente de agua helada lo asfixiara.
No supo qué decir… ensayó una frase como para agradecerle, pero la anciana lo interrumpió y agregó que habían dejado un teléfono… que podría ser de su nueva dirección.
En el pequeño mueble junto a la cama, encontró un ticket de compra. Allí escribió el nuevo número que laboriosamente le dictó la mujer. Se tomó unos segundos, aspiró hondo para recuperar la serenidad y marcó nuevamente.
No tuvo que esperar. Al segundo toque, una voz añorada respondió el llamado.
¿Aló… quien es…? -, preguntaba Nicole, en el otro extremo de la línea. Sus palabras eran como una caricia que llegaba del pasado y le envolvía el alma con una tibieza indescriptible.
-Hola, Nicole… soy Rodolfo –dijo.
¡¿Rodolfo…?! -Vaciló un momento, sorprendida-. ¡Rodolfo! -repitió-, ¡No… no puedo creerlo! ¿¡Dónde estás…!?
-En Nueva York- explicó. Hace un momento hablé a Córdoba para saludar a nuestros amigos de siempre, Corina, Ricky, los recordarás…-exclamó.
-Sí, por supuesto, hace mucho que no hablo con Corina.-respondió.
-Corina me contó que estabas de vuelta en Buenos Aires y me dio tu teléfono. Te imaginarás… no pude resistir la tentación de llamar.
Nicole sonrió del otro lado de la línea. Aun estaba atónita y sobrecogida por la sorpresa. Le explicó que hacia menos de un mes había pensado mucho en él. Tanto que creía haberlo llamado con su pensamiento. Le contó también que hacía alrededor de un año había quedado viuda. Joaquín había fallecido en un accidente automovilístico, en una carretera de Guinardó. Por eso, había decidido regresar a Buenos Aires. Tenía fuertes bajones que solo calmaba la pequeña Gretel.
Rodolfo quedó sin palabras. Corina no le había dicho nada de eso. Nicole explicó que aun no sabían de esa perdida. Después de la muerte de Joaquín no le quedaron fuerzas para contarlo.
Se sintió raro. Al oír aquel nombre que en el pasado había sido la causa del dolor más insoportable de su vida, sintió una extraña culpa.
Lo sorprendió la pregunta.
-Te has quedado callado. ¿Qué piensas hacer?- había dicho, Nicole.
Permaneció en silencio unos breves segundos y luego, sin dudar, tomó una decisión.


La aeronave descendió en el aeropuerto donde el calor ardía en cada rincón de la pista de aterrizaje.
A Rodolfo no le importunó el cambio climático repentino que significaba llegar desde el frío polar neoyorquino de veinte grados bajo cero al verano porteño con más de treinta grados al atardecer.
Ni siquiera tuvo la precaución de quitarse el grueso abrigo que llevaba cuando abordó el avión en el Aeropuerto Kennedy de New York y desembarcó sudando como un beduino en el desierto.
Rodolfo sintió que se le aceleraba el corazón, a la salida del sector de desembarque, al reconocer el rostro de Nicole entre el gentío que aguardaba la llegada de los pasajeros.
-¡Allí estaba! -recostada sobre una valla que rodeaba el corredor de salida.
Sostenía una sonrisa pálida, con un dejo de tristeza y en su mirada asomaba el abatimiento causado por los últimos sucesos que trajeron pena a su corazón.
Al abrazarla percibió otra vez la forma de ese cuerpo y el aroma fresco de su piel, como rescatados de un recuerdo lejano.
En el trayecto, mientras conducía su pequeño auto por la Ricchieri hacia la ciudad, Nicole relató con voz apagada y lacónica el episodio que culminó con la muerte de Joaquín, después de varias semanas de padecimiento desde el accidente. Y rememoró las dificultades que debió franquear para seguir luchando junto a su pequeña Gretel, ante una situación económica muy difícil, que había sido floreciente muchos años pero que se había derrumbado luego de la muerte de Joaquín.
No obstante, a pesar de los ahogos, tenía planes, no estaba segura, salvo que necesitaba un cambio…
Durante un rato no cruzaron palabras. Sus pensamientos se habían replegado como necesitando un tiempo de silencio. Entonces, Rodolfo comprendió.
La realidad, de improviso, lo desafiaba. ¿Qué había sido de aquella muchachita arrolladora, jovial, aguda, creativa, profunda, transformadora, idealizada para siempre en sus sueños?  
Habían transcurrido muchos años, demasiados. Una eternidad desde aquel añorado caserón de Barracas. El implacable tiempo había borrado las marcas de esa pasión inmortal,  perpetua, indestructible. Se sintió incómodo, de repente.
Nicole de pronto giró su cabeza, lo observó un instante y le regaló una frágil sonrisa. Rodolfo comenzó a acariciar suavemente sus cabellos como si ese diálogo silencioso demandara un gesto de entendimiento y comprensión.
De común acuerdo prefirieron evitar esos temas impregnados de congoja. Y de inmediato decidieron que lo mejor era hacer un alto en el camino.

*  *  *

El automóvil de Nicole, después del impacto, aun permanecía a un costado de la avenida. Por todas partes había fragmentos del avión incendiado.
Los destellos azules de ambulancias y patrulleros crispaban los oscuros tempranos de la noche. Rodolfo, tendido sobre el asfalto, sentía que le explotaba la cabeza de dolor y un ardor que se desparramaba por todo el cuerpo. Escuchó una voz lejana que preguntaba:
-¿Puede oirme?-, soy médico... ¿cómo se llama, amigo?
De pronto, Rodolfo dio un salto.
-¡Nicole…! -exclamó.
-Quédese tranquilo-, dijo una voz femenina. -Vamos a…
 -¡No...!-, interrumpió Rodolfo, envuelto en ardores. 
 -Tranquilo, somos médicos, lo estamos atendiendo. No se mueva, por favor.
-¿Qué...qué pasó…?- agregó mientras intentaba incorporarse.
-No se levante, le vamos a colocar un cuello.
             -Un... incendio...?-, balbuceó, Rodolfo.
             -No, un avión...se salió de la pista y cruzó la avenida; un desastre-, apuntó la médica.
Tendido en el suelo, mientras sujetaban su cuello, Rodolfo pudo observar el resplandor furioso del fuego que devoraba los restos del avión. El intenso calor que irradiaba le quemaba el rostro en medio de una locura de gritos y voces apremiantes de bomberos, rescatistas y sobrevivientes. El humo denso y el fuerte olor a combustible impedían respirar. Los equipos de emergencia de catástrofes corrían de un lado a otro, en todas direcciones. Había olor a muerte y tragedia. Rodolfo no podía ordenar sus pensamientos. Aturdido, no tenia idea de cómo había llegado hasta allí. Le costaba recordar dónde había estado una hora antes de ese infernal panorama.


Cuando lo cargaron en la ambulancia, advirtió la magnitud de la tragedia. Cargado de interrogantes, miró fijamente a la médica mientras se alejaban del lugar. La muchacha le devolvió la mirada con una expresión que parecía indicarle calma.
-Qué hora es? preguntó Rodolfo.
-Las diez pasadas-, respondió. –Tuvo mucha suerte, Ud.-, agregó la médica.
-Supongo…pero no sé cómo llegué acá, ni que hacía…
-Probablemente viajaba a Córdoba en ese vuelo. Es el 3142 de Lapa-, apuntó, leyendo la ficha. Y agregó:
-Algo falló en el avión al partir. Hay muchos accidentados, muchas víctimas…
Rodolfo no quiso preguntar más. Se le cerraba el pecho al pensar en las imágenes dantescas que había visto. Al día siguiente pudo entender con más claridad lo sucedido. Sin embargo, a pesar de saber que viajaba en el avión para visitar a Corina y Ricky, los amigos de Carlos Paz, su memoria se interrumpía en el momento en que la aeronave, al comenzar a elevarse, caía estrepitosamente y todo quedaba a oscuras.

Una y otra vez se preguntaba, ¿Cómo salí de allí…?
Intrigado por desconocer lo sucedido luego del impacto del avión, pensó en tratar de localizar a los médicos que intervinieron en el operativo de rescate.
Varios días mas tarde, mientras se curaban sus quemaduras, supo que de los noventa y ocho pasajeros fallecieron sesenta y cuatro. Algunos sobrevivientes habían logrado salvarse por su cuenta, otros recibieron ayuda. Al cabo de varias semanas, pudo obtener datos de médicos de emergencias que participaron en el rescate de víctimas. Averiguó que la médica que le hizo las primeras curaciones se llamaba Clara y cuando logró encontrarla, la joven le comentó que, en verdad, él se había salvado milagrosamente. Rodolfo quedó mudo. En silencio escuchó el relato. 
"Una azafata que salía del aeropuerto con su pequeña hija dio el alerta de un sobreviviente al que había visto caminar entre las llamas y luego caer aturdido muy cerca del incendio. Si no hubieran estado allí, probablemente hubiese sido alcanzado por el fuego. Sin duda, su aviso le había salvado la vida." No dudo un instante: tenía que encontrar a esa mujer, saber algo de ella, escuchar su propio relato de lo sucedido. Como esas explosiones subterráneas de los geólogos que sacuden el suelo sin sonido, asi detonó dentro de su mente la repentina necesidad de conocerla. Tal vez engañado por su ansiedad, imaginó la búsqueda como una tarea sencilla, sin demasiadas complicaciones, más que algunas averiguaciones en oficinas de personal.

Sin embargo, a pesar de su inagotable constancia, pasaron muchos meses antes de saber quién era la azafata del accidente. Al lugar de la catástrofe acudió mucha gente de inmediato para ayudar a las víctimas. Muchos eran empleados de las empresas aéreas. Esa realidad dificultó la búsqueda.
Con la insistencia propia de quien necesita cerrar un capítulo, Rodolfo agotó interlocutores en incontables llamadas telefónicas. Finalmente, consiguió algunas referencias de una azafata que había ayudado a algunos heridos esa noche; la acompañaba una niña.
            La tarde que visitó la oficina donde había información pormenorizada del avión siniestrado, se sintió errático. Era algo rarísimo. Le parecia estar como desdoblado sobre sí mismo. Como si él fuese una copia exacta de su propio ser. Como si estuviese dentro del cuerpo de otro, que a la vez tenía su propia identidad.  Perturbado por la extraña sensación que lo invadía, anotó en su pequeña libreta los datos que le suministraba una empleada a la que agradeció, antes de retirarse, explicándole que era un sobreviviente de la catástrofe y quería expresar su agradecimiento a los que lo asistieron en ese momento dramático.
Al salir del edificio, el bullicio urbano de la avenida lo rescató de su inquietante estado. Caminó  unos metros y se detuvo para revisar lo que había anotado. Cuando leyó el nombre de la mujer, no encontró más significación que la íntima necesidad de ponerse en contacto con ella para manifestarle su eterno agradecimiento y a la vez ponerse a disposicion para retribuir su gesto.
Sin embargo, poco a poco, una progresiva curiosidad reminiscente comenzó a provocarle cierto cosquilleo cada vez que revisaba la hoja donde había escrito: Nicole Huerta, azafata, 39 años, viuda, una hija, nombre Gretel, once años. Domicilio...
Inexorablemente, entre sus recuerdos asomaban imágenes lejanas, imprecisas, como de un relato soñado dentro de otro sueño de encuentros y desencuentros que, por razones desconocidas, acuñaban en su memoria una enigmática frase:

“A veces, Nicole, las cosas del mundo se acomodan solas, sin saber cuándo, ni dónde ni cómo…”