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lunes, 1 de octubre de 2012

Ese año, Nicole

Guillermo Hardwick



El automóvil de Nicole, después del impacto, aún permanecía a un costado de la avenida. Por todas partes había fragmentos del avión incendiado.
Los destellos azules de ambulancias y patrulleros crispaban los oscuros tempranos de la noche. Rodolfo, tendido sobre el asfalto, sentía que le explotaba la cabeza de dolor y un ardor profundo se le desparramaba por todo el cuerpo. Le pareció escuchar una voz lejana que preguntaba:
-¿Puede oirme?-, soy médico... ¿cómo se llama, amigo?
De pronto, Rodolfo dio un salto.
-¡Nicole…! –exclamó.

*  *  *

Tiritando de frío se despertó sobresaltado. Exhausto por el agobiante vuelo, se había recostado sin abrigo sobre la amplia cama y rápidamente lo venció el sueño. Estaba en la habitación del Milford Plaza, sobre la avenida Broadway, en pleno Manhattan.
Ese año, el invierno en Nueva York había sido muy crudo. Las temperaturas fueron consideradas las más bajas de los últimos veinte años y la nieve ocupaba calles, veredas, ventanas, escondía automóviles y colapsaba las azoteas de los edificios.
Rodolfo había llegado desde Madrid en un viaje inestable e incómodo. El asiento vecino lo había ocupado un enorme tejano, ancho y alto como un ropero, por lo tanto, de descansar, poco y nada; además, la cena durante el vuelo tuvo un insípido gusto a plástico. Por suerte, su malestar se fue disipando a lo largo del trayecto entre el aeropuerto Kennedy y el Milford Plaza Hotel, cerca de Times Square, donde tenía su reserva.
De regreso a Buenos Aires, después de un agotador mes de trabajo en España, había decidido hacer una breve escala en Nueva York en plan de compras y para ver algún espectáculo teatral, como el magnífico musical “Les Miserables”, que se  presentaba en el New York Imperial Theatre, de Broadway.
-Nueva York es una ciudad donde todo es posible, aún lo imposible-, decía siempre.
-Recorrer las avenidas, los parques o sus calles míticas, provoca una mezcla de plenitud y deleite- se repetía con frecuencia.
Precisamente, Nueva York lo sorprendió con una noticia que lo sacudió como pocas veces le había sucedido. Todo empezó con una llamada a Córdoba para saludar a viejos amigos a los que no visitaba desde hacía mucho tiempo.
Cuando se comunicó con ellos, mientras observaba a través de la ventana los perfiles grisáceos de las torres de 5ta. Avenida con sus terrazas cubiertas de nieve, no imaginó la sorprendente noticia.
-¡Hay novedades de Nicole!, le habían dicho.
La frase estalló en su cabeza.
-¡No… no puedo creerlo! -, les respondía,  aturdido.
-¡Nicole…! Arrolladora muchachita española; inteligente y jovial; aguda, creativa, profunda, transformadora…-, rememoró.
-Nicole…-, musitó en un suspiro hondo al evocar la pasión y loco frenesí que vivió junto a ella en aquél añorado caserón del barrio de Barracas.

 Por ella había sentido un amor incontrolable, único, intenso hasta el día en que debió regresar a su tierra natal. Desde aquél momento nunca más supo absolutamente nada de ella. Y jamás volvió a enamorarse. Su corazón se cerró definitivamente después de su partida.

-¡Hay noticias de Nicole! - repetía Corina casi provocándole un infarto.
-Está viviendo en Buenos Aires con su hija. Tiene una hija, Gretel.
-Llamó hace un año, más o menos- agregó Corina, calculando que el comentario caía como una bomba. Y sonrió con un gesto cómplice.
-Dejó un teléfono, lo querés…?- interrogó.
La mano de Rodolfo tembló cuando anotó el número telefónico.
-¡Nicole…! No puedo creerlo…- repetía exaltado.

Sin disimular su ansiedad, apuró la comunicación telefónica con la promesa de volver a llamar más tarde. Necesitaba marcar ese número de inmediato, escuchar su voz, saber de su vida, qué hacia, como era su hija…
Recordó aquella última vez en el aeropuerto de Ezeiza. Recordó escenas lejanas que se le agolpaban de pronto. Ignoraba su regreso a Buenos Aires y todo detalle de la vida de Nicole desde aquél instante en que desapareció de su vista al ingresar al sector de embarque para abordar el Boeing que la llevaría lejos, a otra tierra, a otra vida…
Unos meses antes de partir hacia Barcelona, Nicole le había confesado que había una persona, Joaquín. Había convivido un tiempo con él hasta que debió viajar a Buenos Aires para resolver asuntos familiares con una tía que vivía en Barracas. Allí conoció a Rodolfo. En Barcelona, Joaquín administraba un restaurante, tenía un buen futuro y la esperaba...
Rodolfo vivió el momento de la partida como uno de los más atormentados de su vida. Aquella mañana en el aeropuerto, formaba parte del conjunto de amigos más cercanos que estaba allí para despedirla.
Después de una breve tertulia grupal en el centro del hall, ante el aviso de su vuelo, Nicole regaló un calido abrazo a cada uno.
Cuando finalmente se acercó a él y le tendió los brazos, sintió en el apretón el dolor de la partida. Y al verla alejarse, una aguda sensación de vacío indescriptible en medio del pecho, como un espasmo de angustia insoportable, de congoja infinita, lo invadió desde adentro.
La despedida le provocaba un ahogo tan punzante que apenas podía respirar.
Mientras caminaban hacia la salida, la zozobra lo atormentaba y la sensación aumentaba a un límite imposible de soportar.
Tan fuerte fue el dolor de ese adiós que no pudo resistir la indomable y repentina reacción: instintivamente se lanzó en una carrera desenfrenada hacia los puestos de control por donde ingresan los pasajeros al sector de embarque. Alertados, unos guardias lo interceptaron. En un balbuceo entrecortado les dijo que llevaba un recado para una pasajera que estaba a bordo; sin esperar respuesta corrió por los pasillos alocadamente hasta el segundo puesto de control donde ensayó algo parecido y solicitó que lo acompañasen a la aeronave. Así, escoltado, jadeante y preso de un ataque de ansiedad llegó hasta la puerta del avión, apenas unos instantes antes que dieran la orden de cerrarla. Pidió ayuda a una azafata apostada en la entrada para ubicar a Nicole, en tanto avanzaba hacia las filas de asientos y allí la vio aún de pie, intentando colocar su bolso en un compartimento de equipajes.
Cuando Nicole advirtió su presencia, se acercó extrañada.
-¿…qué pasó…?! –dijo.
Rodolfo respondió en un susurro trémulo que necesitaba simplemente un último adiós: exclusivo, personal, tan solo el abrazo íntimo, final, fuera de las miradas cómplices de los amigos.
Nicole extendió los brazos y lo besó. Rodolfo la apretó con fuerza, sintió nuevamente su cuerpo calido y el fuego de sus labios paradójicamente apagó el ardor angustiante que le incendiaba el pecho.
-Hasta el próximo encuentro…-susurró, proponiendo una cita imposible.
-A veces, Nicole, las cosas del mundo se acomodan solas, sin saber cuándo, ni dónde ni cómo…
Una sonrisa final selló la despedida.
Al regresar, se reunió con el grupo que lo esperaba en el estacionamiento. Nadie dijo nada. Nadie abrió la boca. Entre miradas silenciosas emprendieron el regreso a la ciudad.

Su pensamiento volvió al presente para reflexionar sobre la paradoja de que los mismos amigos que ahora le daban esta novedad sobre Nicole eran los mismos que, muchos años atrás, lo habían invitado a una reunión para que se conociesen.
“-Te estábamos esperando para que conozcas a Nicole”-, le habían dicho.
“-Le hablamos mucho de vos, te va a encantar. “-, afirmaba Corina, una tarde.

El zumbido de la llamada resonaba ansiosamente en el telefono del piso veintiséis del Milford Plaza. Un temblor nervioso le sacudía el cuerpo. Los segundos de espera para que alguien responda la llamada resultaban interminables.
De pronto, una voz respondió. Era la quebrada voz de una anciana que apenas oía y hablaba con dificultad.
Rodolfo intentó hacerse entender y preguntó pausadamente por Nicole.
Pero la anciana no comprendía sus palabras; solo al cabo de varios intentos logró hacerse entender y la mujer le informó que la persona por la que preguntaba, ya no vivía allí…
Fue como un golpe terrible en medio del pecho. De pronto, todas sus expectativas se derrumbaron en un instante. Como si un torrente de agua helada lo asfixiara.
No supo qué decir… ensayó una frase como para agradecerle, pero la anciana lo interrumpió y agregó que habían dejado un teléfono… que podría ser de su nueva dirección.
En el pequeño mueble junto a la cama, encontró un ticket de compra. Allí escribió el nuevo número que laboriosamente le dictó la mujer. Se tomó unos segundos, aspiró hondo para recuperar la serenidad y marcó nuevamente.
No tuvo que esperar. Al segundo toque, una voz añorada respondió el llamado.
¿Aló… quien es…? -, preguntaba Nicole, en el otro extremo de la línea. Sus palabras eran como una caricia que llegaba del pasado y le envolvía el alma con una tibieza indescriptible.
-Hola, Nicole… soy Rodolfo –dijo.
¡¿Rodolfo…?! -Vaciló un momento, sorprendida-. ¡Rodolfo! -repitió-, ¡No… no puedo creerlo! ¿¡Dónde estás…!?
-En Nueva York- explicó. Hace un momento hablé a Córdoba para saludar a nuestros amigos de siempre, Corina, Ricky, los recordarás…-exclamó.
-Sí, por supuesto, hace mucho que no hablo con Corina.-respondió.
-Corina me contó que estabas de vuelta en Buenos Aires y me dio tu teléfono. Te imaginarás… no pude resistir la tentación de llamar.
Nicole sonrió del otro lado de la línea. Aun estaba atónita y sobrecogida por la sorpresa. Le explicó que hacia menos de un mes había pensado mucho en él. Tanto que creía haberlo llamado con su pensamiento. Le contó también que hacía alrededor de un año había quedado viuda. Joaquín había fallecido en un accidente automovilístico, en una carretera de Guinardó. Por eso, había decidido regresar a Buenos Aires. Tenía fuertes bajones que solo calmaba la pequeña Gretel.
Rodolfo quedó sin palabras. Corina no le había dicho nada de eso. Nicole explicó que aun no sabían de esa perdida. Después de la muerte de Joaquín no le quedaron fuerzas para contarlo.
Se sintió raro. Al oír aquel nombre que en el pasado había sido la causa del dolor más insoportable de su vida, sintió una extraña culpa.
Lo sorprendió la pregunta.
-Te has quedado callado. ¿Qué piensas hacer?- había dicho, Nicole.
Permaneció en silencio unos breves segundos y luego, sin dudar, tomó una decisión.


La aeronave descendió en el aeropuerto donde el calor ardía en cada rincón de la pista de aterrizaje.
A Rodolfo no le importunó el cambio climático repentino que significaba llegar desde el frío polar neoyorquino de veinte grados bajo cero al verano porteño con más de treinta grados al atardecer.
Ni siquiera tuvo la precaución de quitarse el grueso abrigo que llevaba cuando abordó el avión en el Aeropuerto Kennedy de New York y desembarcó sudando como un beduino en el desierto.
Rodolfo sintió que se le aceleraba el corazón, a la salida del sector de desembarque, al reconocer el rostro de Nicole entre el gentío que aguardaba la llegada de los pasajeros.
-¡Allí estaba! -recostada sobre una valla que rodeaba el corredor de salida.
Sostenía una sonrisa pálida, con un dejo de tristeza y en su mirada asomaba el abatimiento causado por los últimos sucesos que trajeron pena a su corazón.
Al abrazarla percibió otra vez la forma de ese cuerpo y el aroma fresco de su piel, como rescatados de un recuerdo lejano.
En el trayecto, mientras conducía su pequeño auto por la Ricchieri hacia la ciudad, Nicole relató con voz apagada y lacónica el episodio que culminó con la muerte de Joaquín, después de varias semanas de padecimiento desde el accidente. Y rememoró las dificultades que debió franquear para seguir luchando junto a su pequeña Gretel, ante una situación económica muy difícil, que había sido floreciente muchos años pero que se había derrumbado luego de la muerte de Joaquín.
No obstante, a pesar de los ahogos, tenía planes, no estaba segura, salvo que necesitaba un cambio…
Durante un rato no cruzaron palabras. Sus pensamientos se habían replegado como necesitando un tiempo de silencio. Entonces, Rodolfo comprendió.
La realidad, de improviso, lo desafiaba. ¿Qué había sido de aquella muchachita arrolladora, jovial, aguda, creativa, profunda, transformadora, idealizada para siempre en sus sueños?  
Habían transcurrido muchos años, demasiados. Una eternidad desde aquel añorado caserón de Barracas. El implacable tiempo había borrado las marcas de esa pasión inmortal,  perpetua, indestructible. Se sintió incómodo, de repente.
Nicole de pronto giró su cabeza, lo observó un instante y le regaló una frágil sonrisa. Rodolfo comenzó a acariciar suavemente sus cabellos como si ese diálogo silencioso demandara un gesto de entendimiento y comprensión.
De común acuerdo prefirieron evitar esos temas impregnados de congoja. Y de inmediato decidieron que lo mejor era hacer un alto en el camino.

*  *  *

El automóvil de Nicole, después del impacto, aun permanecía a un costado de la avenida. Por todas partes había fragmentos del avión incendiado.
Los destellos azules de ambulancias y patrulleros crispaban los oscuros tempranos de la noche. Rodolfo, tendido sobre el asfalto, sentía que le explotaba la cabeza de dolor y un ardor que se desparramaba por todo el cuerpo. Escuchó una voz lejana que preguntaba:
-¿Puede oirme?-, soy médico... ¿cómo se llama, amigo?
De pronto, Rodolfo dio un salto.
-¡Nicole…! -exclamó.
-Quédese tranquilo-, dijo una voz femenina. -Vamos a…
 -¡No...!-, interrumpió Rodolfo, envuelto en ardores. 
 -Tranquilo, somos médicos, lo estamos atendiendo. No se mueva, por favor.
-¿Qué...qué pasó…?- agregó mientras intentaba incorporarse.
-No se levante, le vamos a colocar un cuello.
             -Un... incendio...?-, balbuceó, Rodolfo.
             -No, un avión...se salió de la pista y cruzó la avenida; un desastre-, apuntó la médica.
Tendido en el suelo, mientras sujetaban su cuello, Rodolfo pudo observar el resplandor furioso del fuego que devoraba los restos del avión. El intenso calor que irradiaba le quemaba el rostro en medio de una locura de gritos y voces apremiantes de bomberos, rescatistas y sobrevivientes. El humo denso y el fuerte olor a combustible impedían respirar. Los equipos de emergencia de catástrofes corrían de un lado a otro, en todas direcciones. Había olor a muerte y tragedia. Rodolfo no podía ordenar sus pensamientos. Aturdido, no tenia idea de cómo había llegado hasta allí. Le costaba recordar dónde había estado una hora antes de ese infernal panorama.


Cuando lo cargaron en la ambulancia, advirtió la magnitud de la tragedia. Cargado de interrogantes, miró fijamente a la médica mientras se alejaban del lugar. La muchacha le devolvió la mirada con una expresión que parecía indicarle calma.
-Qué hora es? preguntó Rodolfo.
-Las diez pasadas-, respondió. –Tuvo mucha suerte, Ud.-, agregó la médica.
-Supongo…pero no sé cómo llegué acá, ni que hacía…
-Probablemente viajaba a Córdoba en ese vuelo. Es el 3142 de Lapa-, apuntó, leyendo la ficha. Y agregó:
-Algo falló en el avión al partir. Hay muchos accidentados, muchas víctimas…
Rodolfo no quiso preguntar más. Se le cerraba el pecho al pensar en las imágenes dantescas que había visto. Al día siguiente pudo entender con más claridad lo sucedido. Sin embargo, a pesar de saber que viajaba en el avión para visitar a Corina y Ricky, los amigos de Carlos Paz, su memoria se interrumpía en el momento en que la aeronave, al comenzar a elevarse, caía estrepitosamente y todo quedaba a oscuras.

Una y otra vez se preguntaba, ¿Cómo salí de allí…?
Intrigado por desconocer lo sucedido luego del impacto del avión, pensó en tratar de localizar a los médicos que intervinieron en el operativo de rescate.
Varios días mas tarde, mientras se curaban sus quemaduras, supo que de los noventa y ocho pasajeros fallecieron sesenta y cuatro. Algunos sobrevivientes habían logrado salvarse por su cuenta, otros recibieron ayuda. Al cabo de varias semanas, pudo obtener datos de médicos de emergencias que participaron en el rescate de víctimas. Averiguó que la médica que le hizo las primeras curaciones se llamaba Clara y cuando logró encontrarla, la joven le comentó que, en verdad, él se había salvado milagrosamente. Rodolfo quedó mudo. En silencio escuchó el relato. 
"Una azafata que salía del aeropuerto con su pequeña hija dio el alerta de un sobreviviente al que había visto caminar entre las llamas y luego caer aturdido muy cerca del incendio. Si no hubieran estado allí, probablemente hubiese sido alcanzado por el fuego. Sin duda, su aviso le había salvado la vida." No dudo un instante: tenía que encontrar a esa mujer, saber algo de ella, escuchar su propio relato de lo sucedido. Como esas explosiones subterráneas de los geólogos que sacuden el suelo sin sonido, asi detonó dentro de su mente la repentina necesidad de conocerla. Tal vez engañado por su ansiedad, imaginó la búsqueda como una tarea sencilla, sin demasiadas complicaciones, más que algunas averiguaciones en oficinas de personal.

Sin embargo, a pesar de su inagotable constancia, pasaron muchos meses antes de saber quién era la azafata del accidente. Al lugar de la catástrofe acudió mucha gente de inmediato para ayudar a las víctimas. Muchos eran empleados de las empresas aéreas. Esa realidad dificultó la búsqueda.
Con la insistencia propia de quien necesita cerrar un capítulo, Rodolfo agotó interlocutores en incontables llamadas telefónicas. Finalmente, consiguió algunas referencias de una azafata que había ayudado a algunos heridos esa noche; la acompañaba una niña.
            La tarde que visitó la oficina donde había información pormenorizada del avión siniestrado, se sintió errático. Era algo rarísimo. Le parecia estar como desdoblado sobre sí mismo. Como si él fuese una copia exacta de su propio ser. Como si estuviese dentro del cuerpo de otro, que a la vez tenía su propia identidad.  Perturbado por la extraña sensación que lo invadía, anotó en su pequeña libreta los datos que le suministraba una empleada a la que agradeció, antes de retirarse, explicándole que era un sobreviviente de la catástrofe y quería expresar su agradecimiento a los que lo asistieron en ese momento dramático.
Al salir del edificio, el bullicio urbano de la avenida lo rescató de su inquietante estado. Caminó  unos metros y se detuvo para revisar lo que había anotado. Cuando leyó el nombre de la mujer, no encontró más significación que la íntima necesidad de ponerse en contacto con ella para manifestarle su eterno agradecimiento y a la vez ponerse a disposicion para retribuir su gesto.
Sin embargo, poco a poco, una progresiva curiosidad reminiscente comenzó a provocarle cierto cosquilleo cada vez que revisaba la hoja donde había escrito: Nicole Huerta, azafata, 39 años, viuda, una hija, nombre Gretel, once años. Domicilio...
Inexorablemente, entre sus recuerdos asomaban imágenes lejanas, imprecisas, como de un relato soñado dentro de otro sueño de encuentros y desencuentros que, por razones desconocidas, acuñaban en su memoria una enigmática frase:

“A veces, Nicole, las cosas del mundo se acomodan solas, sin saber cuándo, ni dónde ni cómo…”


miércoles, 19 de septiembre de 2012

La escalera de caracol

Guillermo Hardwick


La casa de los abuelos era un mundo aparte. Habíamos aprendido a vivir allí, como quien no tiene otra alternativa, arrastrados por los avatares de un destino antojadizo y desdichado. Los hechos sucedieron demasiado rápido como para comprenderlos.
Además, siendo apenas unos niños poco es lo que podríamos comprender sobre nuestra repentina orfandad.  Lo cierto es que, después de la muerte de mamá, nuestro padre fue sólo una sombra. Un día de invierno nos arropó exageradamente y nos llevó a la casa de los abuelos, entre bultos de ropa y cajas con juguetes y libros.
Ese día, Fina y yo no entendíamos mucho, pero todos lloraban en la casa. Mi papá nos apretó tan fuerte antes de irse que nos hizo doler todo el cuerpo con sus brazos.

*  *  *

Las habitaciones de la casa de los abuelos tenían la fascinación de lo imprevisto.
En los contraluces se refugiaban recuerdos de otro tiempo y en algunos rincones (contra la alacena de la cocina, junto a una vieja heladera, o detrás de un antiquísimo aparador de roble) la abuela escondía sus lágrimas cuando el abuelo llegaba borracho como una cuba desde el bodegón del viejo Tuñú donde inevitablemente se sumergía en vapores de grapas melancólicas, entre recuerdos y añoranzas. Los abuelos vivían en una vieja casona de la calle Mathew en el barrio de Monserrat, en una cuadra de árboles gigantescos y veredas caprichosas.
Tenía dos patios. El patio de adelante, al final del zaguán, que ostentaba macetones atiborrados de helechos, sillones de cemento y una breve glorieta construida por el abuelo, a la que se trepaban varios rosales y un jazmín. Y el patio de atrás, encajonado entre altas medianeras, que servía simplemente como sitio para amontonar cualquier cosa que el abuelo trajera como "sobrante" de sus trabajos de albañil. Allí estaba el galpón de las herramientas y arriba una antigua piecita deshabitada, marginada, como si no fuera parte de la casa.
La escalera de caracol estaba en el patio del fondo, apoyada contra la pared medianera y sostenida con unas grampas al viejo muro.
El puntal donde se afirmaban los peldaños de chapón, se hundía en una enorme base de concreto que el abuelo había construido con cimientos tan sólidos que hubieran soportado un edificio de diez pisos.
Me acuerdo que una tarde de enero, fue el abuelo quien aclaró nuestra incógnita cuando le preguntamos con Fina por qué le decían "escalera de caracol"  a la escalera del patio del fondo. Como adivinando la respuesta, Fina afirmó que seguro era porque se tardaba mucho en subirla  y había que subirla despacio porque era muy retorcida y si no me daba cuenta era un tarado...!
Un segundo antes de que le tironeara el pelo, el abuelo, firme y severo, intercedió entre nosotros y calmó la situación ofreciéndonos la respuesta a cambio de la promesa de portarnos como buenos hermanos, sin pelearnos. Fina dijo un sí ofuscado con la cabeza gacha. Yo tardé un poco en contestar, aunque me interesaba más la respuesta del abuelo que la bronca con mi hermana.
La escalera tenía unos cinco metros de altura y veintiocho escalones dispuestos en forma de tirabuzón que terminaban en una breve planchada frente a la puerta de la piecita que siempre estaba cerrada, sin que nadie entrara o saliera de ella.
Algunos de sus escalones, roídos por la intemperie, amenazaban con desprenderse derrotados por la herrumbre que, poco a poco, devoraba su oxidada epidermis de metal. De la pintura verde marino que el abuelo pacientemente le había aplicado años atrás, quedaba muy poco y en algunos tramos había desaparecido por completo. En su lugar, la corrosión  había cubierto la mayor parte de sus perfiles  y donde los vientos acumulaban restos de polvo y tiempo, crecían pequeños yuyos enmacetados en rincones de humedad. Su imagen desgastada y enmarcada por los viejos muros de la casona, parecía envuelta en un rescoldo de memorias de lejanas historias familiares, de parientes olvidados o  casi desconocidos.
Era cierto. Allí en lo alto, elevado en el fondo de la casona, aislado y lúgubre, el cuartucho se asomaba misterioso al patio del fondo por encima del galpón donde el abuelo guardaba sus  herramientas, entre otros trastos viejos.
Junto a la puerta clausurada por un vetusto candado que la sellaba rotundamente, una minúscula ventana bloqueada por fuera con tablas fuertemente clavadas, acentuaba el enigma. Eso, sin contar con que cada vez que le pedíamos a la abuela que nos dijese qué había allí o cómo era ese lugar, respondía siempre con evasivas o con enojo si insistíamos en busca de respuestas.
Y claro, tanto Fina como yo siempre estábamos buscando respuestas. Dónde estaba papá. De qué había muerto mamá. Por qué no podíamos subir al altillo...
-¡Por la escalera de caracol! Era la réplica habitual de la abuela.
¡Es muy peligrosa, se pueden matar! ¡Ni se acerquen ahí!
Sí. Definitivamente, la escalera de caracol era el límite que nos separaba de ese lugar desconocido y enigmático. Era como un sitio inconquistable, una altura imposible de alcanzar, una incógnita indescifrable.

La escalera no tenía barandas, razón suficiente para que la abuela viviera obsesionada con la idea de que nos trepáramos a ella. Si bien estaba bien afirmada al paredón lindero, un tramo de escalones quedaba expuesto, sin protección, del lado del patio que, para peor, tenía un piso desparejo y muy duro hecho con ladrillos y escombros sobrantes de los trabajos del abuelo.
Por eso, tanto Fina como yo, sabíamos que no podíamos aventurarnos más allá de los escasos centímetros del primer escalón. Tan solo el intento podría ser la causa de un ataque de pánico de la abuela, pero también un motivo suficiente para desencadenar la furia del abuelo y los azotes de su zapatilla en nuestros culos. Estaba claro, entonces, que esa escalera era la frontera prohibida en el camino hacia la gran incógnita, la piecita del fondo.

Varias veces soñé con la escalera de caracol.
Una vez, estábamos con Fina haciendo equilibrio en el escalón más alto y desde allí llamábamos a los gritos a los pájaros que merodeaban la casa, a los que conocíamos perfectamente por su nombre gracias a la enciclopedia de aves que los abuelos atesoraban como recuerdo de mamá. Con frecuencia, el abuelo acostumbraba a mostrarnos sus láminas y a enseñarnos las variedades de pájaros, recordando los trabajos de taxidermia que mamá había hecho para el museo de Ciencias Naturales.
 Recuerdo que saltábamos sin ningún temor en lo alto de la escalera y la estructura temblaba bajo nuestros pies. Yo forcejeaba con Fina y la empujaba hacia el abismo del patio para asustarla y ella, aterrada, vociferaba llamando a la abuela. De pronto, desde la cocina aparecía mamá, y nos reprendía mientras sostenía entre sus manos un robusto cormorán negro que le habían enviado del museo para embalsamarlo. Al verla, bajábamos la escalera a los saltos y corríamos hacia ella quien, sonriente, nos presentaba a Felipe, el pajarraco negro, recién terminado.

Los trabajos de taxidermia de mamá eran impecables. Embalsamaba todo tipo de pájaros: águilas, gaviotas, golondrinas, de todo. Una vez, hasta embalsamó un cóndor.  Entre las favoritas estaba Candy, una paloma montera de plumas muy blancas que una mañana de invierno apareció herida en el patio de adelante, en la casa de los abuelos. Mamá la curó y la cuidó intentando recuperarla, pero finalmente murió. Su trabajo fue perfecto; la expresión de los ojos vivaces era asombrosa.
Parecía que estaba viva. El día que la terminó, papá le sacó una foto a mamá sentada en una antigua mecedora con ella en sus manos.
Era su orgullo y su pasión recuperar la belleza de los  plumajes, la gracia o la agudeza de los ojos, las esbeltas figuras aladas. Mamá decía que era una forma de preservar el recuerdo de sus vuelos, como se guarda una foto de alguien que ya no está. Decía que su trabajo era simple y hermoso a la vez,  que era como arrebatarle a la muerte caprichos de eternidad.

Otra vez, tuve una pesadilla horrible. Soñé que era de noche, una noche muy clara de verano. Yo me había levantado a tomar agua a la cocina. Estaba empapado y a la vez temblaba, pero no era de frío. Hacía un calor insoportable. Cuando levanté la vista mientras tomaba el agua pude ver, a través de la ventana de la cocina, que la puerta de la piecita del fondo estaba abierta... ¡y había luz adentro!
Me quedé mudo. En un primer momento no supe qué hacer. Temblaba de miedo, pero a la vez me intrigaba mucho aquél altillo misterioso y oculto. Con absoluto sigilo me asomé al dormitorio de los abuelos. La abuela roncaba y el abuelo dormía como un bebé. De repente, un impulso extraño me empujó hacia el patio. Tres pasos más y estuve frente a la escalera de caracol. Cuando pisé el primer peldaño me detuve un instante. Me quedé allí, sin saber qué hacer. Entonces, un segundo impulso me asaltó y apoyé un pie en el segundo escalón. Me sentí raro. Acababa de trasponer un límite prohibido. No sé cuánto tiempo pasó, pero fueron varios minutos los que permanecí en esa posición, sin saber qué hacer. Apenas me atrevía a tocar el escalón con la planta de mi pie desnudo. Sentía el frío de la chapa como si se tratara de hielo. Sin embargo, decidí avanzar. Una fuerza superior me arrastraba desde la altura.
 Cuando me apoyé en el escalón con todo el cuerpo, el miedo me aterró. Un crujido metálico se propaló en la inmensidad de la noche y estremeció el aire quieto de la madrugada. Era un sonido penetrante y desconocido...
-La escalera-, musité y miré hacia la cocina. Me moría si se despertaban los abuelos. De pronto, la escalera de caracol crujió otra vez con un sonido único, aterrorizante. Luego, comenzó a sacudirse, sin duda desbalanceada por mi peso, pensé. Y parecía que se quejaba y temblaba y retorcía su cuerpo de hierro, como si realmente se estuviese resistiendo a que yo subiera. No sé de donde saqué valor, pero avancé, paso a paso, peldaño a peldaño... muy tenso al pisar cada escalón. Concentrado en cada movimiento, seguí  con cuidado. Tardaba una eternidad tratando de mantener el equilibrio en cada sacudón.
Así, muerto de miedo, despidiendo litros de sudor, llegué al final de la escalera, al último peldaño, mucho más allá del segundo escalón prohibido por la abuela.
Me costaba creerlo pero estaba allí, parado frente a la puerta entreabierta del misterioso altillo y a punto quizás de descubrir la razón por la cual ese lugar permanecía eternamente cerrado, negado a la luz, aislado del resto de la casa.
Desde adentro, una luz mínima, amarillenta y lóbrega, apenas me permitía distinguir alguna forma. Un último impulso me llevó la mano hacia la puerta y levemente la empujé...
Cuando comenzó a abrirse, creí que me moriría del susto allí mismo. Un frenético aleteo de plumas oscuras surgió de improviso desde el interior del cuarto y me llenó de pánico. Casi pude sentir dentro de mi cómo se detenía mi torrente sanguíneo, se me paralizaba el corazón, y me invadía una palidez mortal. Entre las sombras, un enorme pájaro avanzaba hacia mí agitando sus negras alas.
Perturbado, empecé a tambalear. Perdí el equilibrio y caí al vacío crispado por el espanto...
Desperté bañado en sudor, temblando, con el cuerpo dolorido. Tuve que levantarme para ir al baño. Cuando pasé frente al dormitorio de los abuelos, los observé mientras dormían. El abuelo, parecía un bebé; la abuela, seguía roncando.
La mañana siguiente fue vital, a juzgar por los hechos que siguieron.
Esa mañana le conté el sueño a Fina. Al principio se burló y me dijo que la abuela me iba a retar por exagerar con la comida a la noche, porque eso me provocaba las pesadillas. Fastidiado, le respondí que no me hacía ninguna gracia que me mandoneara, que ella no era la abuela ni mi mamá. Para darme bronca,  me dio la espalda y empezó a saltar con su soga. No me importó. Igual le dije que yo pensaba que allí arriba en el altillo había algo raro, que por eso los abuelos nunca iban ni querían hablar de eso.
Para mi sorpresa, Fina de pronto se puso seria y me dijo que ella pensaba lo mismo.
Me costaba creerlo. Era un milagro que estuviésemos de acuerdo con mi hermana. Sin salir del asombro le pregunté qué era lo que ella pensaba. En un primer momento no quiso contestarme, pero enseguida apuntó que de algo estaba segura y era que para ella ese altillo escondía algo. Algo que a los abuelos les hacía mal, los lastimaba o tal vez por alguna razón, los perturbaba. Como hermano menor, atendí las conclusiones de mi hermana, pero en honor a la verdad no me dejaron conforme. Le pedí que me dijese algo más concreto, porque yo en verdad no tenía la menor idea de cuál podría ser ese misterio, que a lo mejor... no era nada, un presentimiento, una sospecha nada más...

La idea surgió casi al mismo tiempo, como si nuestras mentes estuviesen conectadas, leyéndose entre sí.
¡Tenemos que subir al altillo! –dijimos en un susurro cómplice.
No había otra... Además no le veíamos nada de malo. Después de todo, no era más que un rincón olvidado de la casa, un sitio solitario y húmedo, un criadero de ratas y cucarachas. A lo mejor,  hacíamos bien en airearlo un poco...
Fina, mandona como siempre, advirtió que decirlo era fácil. Sin embargo, el problema era cómo hacerlo. La puerta tenía un candado y aún consiguiendo la llave no podríamos asegurar nada... Además, necesitaríamos bastante tiempo para abrir el candado. Pero cómo lograrlo si siempre había alguien en la casa. La abuela, todo el tiempo en la cocina, desde la ventana siempre tenía a la vista la escalera y la puerta del altillo. Se pasaba las horas apoyada en la mesada, de frente a la ventana, cocinando y observando, lavando los platos y contemplando. Todo el día con la mirada puesta en la ventana. Casi una obsesión...
Además, el abuelo siempre estaba en el patio de atrás.
No. Parecía imposible.
De día no había forma de subir sin que se dieran cuenta. Tendría que ser de noche, cuando estuviesen durmiendo. Fina me enrostró una mirada de espanto diciendo que ni loca salía al patio de noche.
Entonces, qué hacemos, ­­­­­pregunté.
Terminamos aprobando un plan tentativo que consistía en poner en marcha la primera etapa: encontrar la llave del candado. Y luego, la segunda parte dependería exclusivamente de alguna oportunidad  favorable.
La primera etapa fue sencilla. Con el pretexto de encontrar una escuadra y un compás extraviados, hurgamos en todos los rincones. Por descarte, logramos individualizar las llaves que corresponderían al candado de la puerta del altillo. Encontramos dos llaves muy parecidas, por lo tanto habría que probar con ambas.
Tal como era previsible, para la segunda etapa necesitábamos mucha paciencia. De todas formas, aprovechamos el tiempo para estudiar el plan.
Como la escalera estaba muy estropeada, debíamos tener cuidado al subir, observando cada escalón, aferrándonos siempre al centro que parecía ser la parte más segura. Además no había que olvidar el aceite para lubricar el candado.
Pasaron varias semanas, sin que sucediera nada significativo, más que un susto con Doña Elisa, la vecina de enfrente que siempre visitaba a la abuela por las tardes, para prenderse en largas charlas hasta que oscurecía. Una tarde, Doña Elisa sufrió un leve desmayo y la abuela nos pidió a Fina y a mí que le hiciésemos compañía al volver  de la escuela.
Pero la providencia nos sorprendió mucho antes de lo esperado. Sucedió un viernes a la tardecita. El abuelo estaba en el bar de Tuñú, cuando un vecino vino para avisar que lo habían llevado al hospital por una descompostura. La abuela pareció enloquecer, nunca la habíamos visto de esa manera. Turbada, insegura, descontrolada, lanzaba alaridos y elevaba ruegos al cielo con extraños quejidos. Antes de irse al hospital alcanzó a pedirle a doña Elisa que de tanto en tanto nos vigilara.
Desde la puerta del zaguán la despedimos y apenas estuvo a una cuadra, cerca de la parada de los colectivos, le explicamos a doña Elisa que se quedara tranquila, que nosotros estábamos lo más bien, haciendo los deberes. Doña Elisa volvió a su casa y con Fina nos miramos. Era el momento de poner en marcha la segunda etapa.
Fina aseguró con el pasador la puerta de calle. A continuación, buscamos en el cajón del aparador las llaves del candado y rápidamente nos dirigimos hacia el patio de atrás. De un salto trepé a la escalera con las llaves en la mano. Fina, detrás de mí, traía el aceite. A medida que avanzábamos, la escalera temblaba; daba la impresión de que en cualquier momento se iría a desplomar. Eso nos atemorizaba, aunque ya casi habíamos llegado a la mitad del recorrido y a pesar del miedo, no pensábamos retroceder. De todas formas, subíamos con mucha precaución, probando la firmeza de cada peldaño y aferrándonos con fuerza a la columna. Por un momento tuve la impresión de revivir sensaciones del último sueño: tenía miedo de que nos vieran los abuelos, temor de caerme desde esa altura; y además, la escalera rechinaba con idéntico sonido. Ya casi oscurecía cuando llegamos a la parte superior de la escalera, frente a la puerta del altillo.
De pronto miré hacia atrás y vi a Fina muy cerca de mí. Estaba temblando aterrada, abrazada al puntal con una expresión de espanto. Traté de calmarla, pero fue peor. Se tambaleó y el frasco de aceite se le escapó de las manos para dar contra el cemento de la base. Haciendo apenas equilibrio, probé una de las llaves y no entró en la ranura. Sin perder tiempo, probé la segunda llave. Entró en la cerradura pero no llegó al fondo. Hice un poco de fuerza pero resultó más complicada que la anterior. Se trabó en el candado. Me apoyé en la puerta para mantener el equilibrio y comencé a tironear con todas mis fuerzas, hasta que pude arrancarla de la cerradura. El sacudón me hizo trastabillar y estuve a punto de precipitarme al vacío. Me salvó Fina que, con un movimiento veloz e instintivo, me sostuvo y evitó la caída. Esa maniobra de emergencia le arrancó nuevos quejidos a la escalera que esta vez se sacudió demasiado y por un momento nos dio pánico. Rápidamente, volví a probar la otra llave, haciéndola girar hacia ambos lados. Poco a poco comenzó a tener más movimiento, más giro, y un poco más...hasta que logré que diera una vuelta completa a la cerradura. Después de insistir con ese jueguito, la llave completó la segunda vuelta y luego de un forcejeo se abrió el candado.
Debajo de nuestros pies la escalera oscilaba y crujía con cada movimiento y acentuaba la angustia de ese instante. Cuando intentamos abrir la puerta, experimentamos una mezcla de terror, intriga y ansiedad. Por cierto, la madera hinchada, endurecida por la intemperie, nos dificultaba el trabajo. Le propuse a Fina que empujáramos los dos al mismo tiempo y estuvo de acuerdo.
¡Un, dos, tres! -exclamé. Y presionamos con fuerza.
¡Un, dos, tres! Otro intento y la puerta cedió un poco y al empujar nuevamente con más fuerza se abrió casi por completo. Desde  adentro brotó un olor extraño, como de museo. Avanzamos medio paso, intrigados y espantados a la vez. Fina, siempre detrás de mí, preguntaba qué veía pero yo, con el cuerpo contraído y la boca paralizada no pude responderle. En el interior del cuarto, una borrosa visión nos dejó mudos: sentada en su antigua mecedora con ojos tristes y una leve sonrisa, la imagen de nuestra madre rodeada de libros y aves embalsamadas, nos miraba con ternura. Entre sus manos sostenía a Candy, la paloma mensajera.
Aturdido, perplejo, sin comprender nada, sólo reaccioné cuando escuché el llanto apagado de Fina que temblaba y gemía como un pichón recién nacido.
Repentinamente, un estruendo metálico resonó abajo, en el patio. Al asomarnos, vimos la escalera desplomada en el piso. Su vieja estructura de hierro y óxido, yacía sobre el duro cemento.
Quedamos boquiabiertos, aferrados al marco de la puerta, en el borde del umbral, a más de cinco metros de altura. Parecíamos atrapados entre dos mundos distantes y opuestos.
Un pánico silencioso, recorría mi cuerpo. Fina tenía la palidez de la muerte. De pronto, en la puerta de calle, tronó el llamador con golpes exasperados. Era la abuela, de regreso del hospital. Acorralado, como buscando no sé bien qué, di un paso hacia el interior del cuarto, giré bruscamente y con torpeza derribé a un oscuro cormorán de alas grandes y pecho altivo, que cayó pesadamente al suelo con sus alas muy abiertas.
-Felipe... susurró Fina. Y ambos miramos a mamá.
Ella, desde su rincón, sumergida en la penumbra, nos sonreía con tristeza.

Después, supimos que el abuelo había muerto.
A la abuela, esa tarde los médicos la habían mandado de vuelta porque lo tenían todo entubado en la sala de cuidados intensivos y allí no se podía quedar. Mientras venía de regreso para buscarle un pijama y calzoncillos, el abuelo tuvo un paro cardíaco y su corazón no resistió. Una enfermera había escuchado que deliraba y repetía, una y otra vez: 
-La escalera... se cae... se cae...!

A nosotros nos rescató el hijo de doña Elisa, que consiguió entrar por el fondo desde los techos. Aquella tarde descubrimos algo asombroso e inexplicable: el abuelo había muerto casi mismo tiempo en que la escalera de caracol se derrumbaba sobre el piso del patio.

Ahora es la abuela la que, de vez en cuando, nos muestra la enciclopedia de aves de mamá.

Ah, mi mamá... Está allá arriba, en la piecita, rodeada por sus pájaros, tal como se lo había pedido al abuelo, antes de desaparecer.
De vez en cuando nos las arreglamos con Fina para subirle flores.
Ella, desde su rincón, sentada en la antigua mecedora con Candy entre sus manos, nos regala una tierna sonrisa.



*  *  *

martes, 18 de septiembre de 2012

La cueva azul

Guillermo Hardwick




Comenzaba la primera semana de diciembre de 2009 cuando ultimábamos los aprontes del plan de filmación que habíamos proyectado en la provincia de Santa Cruz, en la zona de El Chaltén, a unos 3.000 kilómetros al sur de Buenos Aires.
Se trataba de un nuevo capítulo del programa País Paisaje que estábamos realizando con Roberto Vacca para Canal 7 de Buenos Aires.
De acuerdo al proyecto original, ya habíamos completado la mayoría de los circuitos previstos y quedaban pocos sitios para visitar. El capítulo sobre el Chaltén, precisamente, era uno de los últimos.
Lo singular de este viaje era que, inexplicablemente, por primera vez no tenía deseos de partir. No sabía exactamente a qué atribuirlo, pero era así. Lo cierto es que experimentaba una sensación extraña, como una especie de recelo, cada vez que comentaba detalles del trayecto o del plan de rodaje.
Los hechos demostrarían luego esta rara sensación premonitoria.
El presente relato intenta describir los pormenores del viaje a Santa Cruz.

* * *

Luego de un vuelo que nos resultó cansador, arribamos al aeropuerto de El Calafate donde nos esperaban para trasladarnos a la localidad de El Chaltén, a doscientos kilómetros al sur por la ruta 40. Allí estaríamos alojados para llevar a cabo el plan de producción que teníamos coordinado con los encargados del área de Turismo.
El pequeño poblado está enclavado al pie del cerro Fitz Roy (Chaltén en lengua Tehuelche) en un lugar maravilloso, rodeado de un panorama cordillerano increíble por la imponencia y belleza de sus montañas.
A nuestra llegada nos esperaba la delegación representativa del lugar a quienes les detallamos nuestros objetivos y en base al plan de tareas elaboramos en conjunto un cronograma de filmación.
Las primeras tomas consistieron en registrar las alternativas de una de las actividades más usuales de este centro turístico: el trekking de montaña. Con este fin, realizamos extensas caminatas por senderos encantados, magníficos puntos panorámicos, sorprendentes bosques de lengas, siempre custodiados por la mística imagen del monte Fitz Roy, el enigmático cerro que las leyendas Tehuelches describen como un sitio mágico, con un magnetismo propio de las cumbres de mayor dificultad de acceso, lo cual cautiva a montañistas de todo el mundo que llegan hasta aquí para conquistarlo.
            Además, una de las particularidades de la zona son los glaciares que se asoman por detrás de los perfiles rocosos y decoran las cumbres con sus coronas de hielo. Uno de los más impactantes es el Glaciar Viedma que se desliza cuesta abajo entre el cerro Huemul y el cerro Campana y descarga sus bloques helados sobre las aguas del lago Viedma.
Este sería nuestro siguiente objetivo.

Recorrerlo constituiría una experiencia inolvidable no despojada de cierto riesgo por las características del lugar. Por ello, para esta travesía habíamos contactado a expertos guías de alta montaña que conocían muy bien la región.
Esa noche, durante la cena en el hotel, comentábamos con el grupo acerca de la importancia del glaciar Viedma desde nuestra mirada documental. Los secretos que escondía el ventisquero en sus magníficos perfiles de hielo serian una fiesta de luz y color. En pocas horas marcharíamos hacia él y para ello la consigna era clara: todas las baterías con carga y mucha concentración en el lugar.
La mañana siguiente pareció distinta, muy luminosa, ideal para el plan de trabajo que teníamos previsto para aquél día de filmación. La idea era aprovechar la excelente luz matinal para realizar una travesía sobre el glaciar y averiguar qué había de cierto acerca de una caverna de hielo donde el sol que se filtra forma azules únicos.
El vehículo que nos llevaría al embarcadero llegó temprano y con tiempo para cargar el equipo de filmación necesario para la extensa jornada que habíamos planificado. Durante el trayecto ajustamos algunas ideas sobre la forma de encarar el tema del glaciar y sus misterios. Realmente el tema nos parecía muy atractivo.
En el muelle, la embarcación ya esperaba nuestra llegada y la tripulación, muy cordial y activa, de inmediato se puso a disposición para facilitarnos la tarea. De hecho, el plan incluía registrar imágenes de todo el trayecto, desde la llegada al muelle con los detalles del equipo a bordo y luego el itinerario a través del lago hasta llegar a los colosales hielos del glaciar.
En poco menos de una hora estuvimos frente a la muralla blancoazulada del glaciar de la que, de improviso, se desprendieron algunos bloques que tronaron sobre el lago con el estruendo propio de la naturaleza desplegada en plenitud. Luego de completar varias tomas de sus colosales perfiles, desembarcamos en un promontorio lateral para iniciar el ascenso por los faldeos adyacentes del glaciar y así llegar a un buen punto de acceso, es decir, a un sitio donde las masas de hielo compactado fuesen firmes.
El inicio de la marcha fue difícil por lo escarpado del terreno, increíblemente erosionado por los hielos durante milenios. Orientados por nuestros guías, al cabo de una hora de trepada sin prisa pero sin pausa, llegamos a un sitio seguro. Allí los montañistas distribuyeron entre el grupo los grampones indispensables para desplazarse sobre el hielo y nos recordaron los movimientos básicos para caminar con ellos sobre las ondulaciones del glaciar (llevando el cuerpo hacia adelante en las subidas y en las bajadas el torso hacia atrás, flexionando las piernas).
Lo que siguió después, cuando iniciamos la travesía sobre los hielos, fue simplemente indescriptible. Ante nuestros ojos emergió un espectáculo único, increíble, donde los matices de azules y las formas caprichosas de los gigantes helados creaban un paisaje incomparable.
Nos abrumaba tanta belleza y nos conmovía hasta las lagrimas y a la vez nos producía un regocijo que arrancaba risas y bromas y todo se mezclaba con las voces propias de la operación técnica, donde los murmullos atónitos de asombro se interrumpían de pronto ante la voz que anunciaba “¡Silencio, grabando!”
A medida que avanzábamos con paso lento y titubeante, advertíamos enormes y profundas grietas que exhibían azules indescriptibles y sobre los paredones internos asomaban huecos formados por rocas que el glaciar arrastraba desde las cumbres luego de arrancarlos de los monumentales macizos de la cordillera.
Nuestros guías, conocedores del lugar, nos indicaban puntos de observación que significaban un regocijo para nuestros ojos y para la cámara y en todas direcciones encontrábamos inmejorables tomas que poco a poco conformaban un material de filmación óptimo.
Finalmente, al cabo de varias horas de trabajo, concluimos la etapa sobre el glaciar e iniciamos el camino de regreso. La jornada que ocupó toda esa mañana, a juzgar por la calidad y cantidad de material filmado, había sido muy provechosa. Sin embargo, nuestra tarea aun no había terminado. A pesar de la generosidad de ese sitio impregnado de intensa belleza, era indispensable revelar la incógnita que nos había llevado al lugar.
Antes de despojamos de los grampones preguntamos a nuestros acompañantes si sabían algo sobre una cueva en el glaciar donde el techo de hielo filtra la luz del día y produce un efecto de azules únicos.
Ante la consulta los guías sonrieron. Preguntamos qué era lo que les causaba gracia al tiempo que explicábamos la importancia de esas imágenes, necesarias para el final de la secuencia. Nos respondieron que en realidad les sorprendía la convicción del grupo de no regresar sin esas imágenes sin consultar si era posible llegar hasta allí. Estuvimos de acuerdo en que las imágenes justificaban cualquier sacrificio. Entonces, nos explicaron que la ruta de acceso era por la montaña y no por el glaciar y de inmediato nos pusimos en marcha.
Era cierto: había una cueva en el hielo donde el sol jugaba con los azules milenarios.
Para nuestra sorpresa, el trayecto no fue largo, ni difícil. En poco tiempo estuvimos frente a una enorme gruta donde el hielo había ocupado todos los espacios posibles. Y esa invasión glaciaria, cimentada durante miles de años, había construido una gran caverna formada por un callejón rocoso ¡y la cúpula de hielo macizo!
En honor a la verdad, desde afuera solo despertaba cierta llamativa curiosidad por la rareza de la formación. Sin embargo, cuando nos internamos unos metros, empapándonos al instante por el goteo permanente del hielo, no podíamos creer lo que teníamos ante nuestros ojos. Estábamos en el corazón del glaciar, en el interior de un mundo mágico que palpitaba en estruendos seculares y nos ofrecía uno de los espectáculos más sobrecogedores del planeta.
Apenas recuperados de la emoción, una nueva sorpresa: repentinamente unas nubes cubrieron el sol y la luz comenzó a cambiar dentro de la cueva; las tonalidades de azules multifacéticos mutaron de tono en tono, de matiz en matiz, generando un efecto de luminosidad tornasolada inimaginable, diferente, únicamente igual a si misma.
Enardecidos de entusiasmo, movilizados por la exaltación y el asombro, nos lanzamos hacia adentro y escuchamos el rumor de sonoros cursos de agua que recorrían las entrañas de hielo como una música. Y así como el sol jugueteaba en los azules de la caverna, el agua retozaba entre las venas de cristal componiendo una verdadera sinfonía de naturaleza y eternidad.
Diego, el camarógrafo, probaba encuadres desde todos los ángulos,  no perdía un segundo para describir cada rincón de la gruta. Finalmente, dimos por terminada la tarea. Era la media tarde y aun nos faltaba concluir la jornada de filmación en la localidad de El Chaltén. Por ello, con cierta prisa recogimos el equipamiento e iniciamos el regreso a la embarcación.
Pero esta vez la fatalidad nos esperaba en el camino. Apenas habían transcurrido unos pocos minutos de marcha, se produjo el accidente: al avanzar por un sitio de piedras sueltas, perdí el equilibrio y en la caída mi pie izquierdo se trabó en una saliente rocosa. Sentí en el pie un dolor indescriptible. Al intentar incorporarme advertí que el pie izquierdo estaba fuera de su posición, doblado en ángulo recto hacia afuera de la pierna. Con cuidado lo acomodé en su lugar, pero me di cuenta que no podría ponerme de pie. El resultado era evidente: me había fracturado el tobillo. Y a juzgar por el dolor intenso, la lesión era importante.
En la montaña cualquier percance, por insignificante que sea, se complica mucho. Ya sea por las características del relieve o por las condiciones climáticas muy variables (un día soleado y apacible puede transformarse en pocos minutos en una pesadilla por un repentino frente de tormenta), la gravedad de un accidente depende de las condiciones del lugar donde se produce. Además, en este caso desconocíamos el grado de compromiso de la fractura más allá de lo que yo mismo podía comunicar al grupo. Y si bien no evidenciaba dolores intensos, la pierna estaba inutilizada por completo.
Por ello, la prioridad era inmovilizarla rápidamente y tratar de salir de allí cuanto antes para trasladarme al poblado ya que necesitaría inmediata atención médica.
Con rapidez nuestros guías pusieron en marcha un operativo de rescate. Con la radio alertaron a un grupo de guías de alta montaña que afortunadamente se encontraban en la zona realizando prácticas de salvamento.
Fue así que en pocos minutos estuvieron con nosotros e inmovilizaron la pierna herida con una piqueta y unas cuerdas. Un rato después, llegó otro rescatista con una camilla para emergencias y entre los más entrenados organizaron el traslado.
Las condiciones del terreno, verdaderamente, no eran las mejores. Los montañistas habían decidido avanzar por la ruta más corta pero de mayor dificultad, lo cual obligaba al equipo de rescate a un esfuerzo máximo. Cada metro que avanzaban, la marcha resultaba menos sencilla. Desde la camilla los oía resoplar de cansancio. Escuchaba sus nombres, jadeando de agotamiento, en frases encogidas por el esfuerzo: ¡Dale, Pipa! ¡Cuidado Juan! ¡Fer…por acá! En varias oportunidades se corrió mucho peligro para sortear obstáculos difíciles y con frecuencia debían hacer paradas para recuperar fuerzas. Durante un instante pude ver a Diego y su cámara que estaba registrando las escenas del rescate. No sé si me vio, igual le sonreí un segundo mientras le mostraba el pulgar hacia arriba.
Desde mi atadura, en la camilla, pensaba: “Si un cuerpo inerte es difícil de transportar en terreno llano, en la montaña es prácticamente inmanejable.” A pesar de que estaba muy bien sujeto, cada movimiento de avance me sacudía con violencia. En realidad, sentía que todos sufríamos las penurias de los guías comprometidos en ese arduo rescate.
Precisamente, hubo una circunstancia casi fatal. Fue el momento en que estuvimos a punto de caer al vacío al sortear un desnivel peligroso.
Por un instante todos quedamos sin aliento, inmóviles y sobrecogidos.
Yo percibí la desesperación en sus voces ahogadas de angustia. Sentí el temblor de las manos que se crispaban en la camilla y advertí que el peligro nos jugaba una mala pasada. De improviso, la camilla se desniveló y mi cuerpo quedó casi en el vacío. Durante unos segundos experimenté el frío del riesgo extremo, sensación única que produce una situación límite. Hubo órdenes desesperadas, gritos de angustia, voces de zozobra… No obstante, el grupo pudo controlar la situación y avanzar sobre el obstáculo hasta superarlo, aunque no sin esfuerzo y desazón a la vez.
En realidad, fue un milagro no habernos precipitado todos al barranco. La destreza y la audacia heroica del grupo impidieron una caída fatídica.
Desde mi posición en la camilla de rescate pude observar de cerca sus acciones temerarias y sus gestos de increíble valor, los que quedaran para siempre en mi memoria.
Lo cierto es que el tiempo que llevó el camino de descenso nos pareció una eternidad. Solo cuando llegamos a la embarcación, todos pudimos respirar aliviados.
A nuestro regreso había un móvil en el embarcadero aguardando para trasladarme al puesto sanitario. Allí me hicieron los primeros estudios que efectivamente confirmaron la fractura.
Con la orden de atención lista, la ambulancia salió raudamente del puesto sanitario con destino al hospital de El Calafate. En ella viajaba acompañado por Gaby, nuestra productora turística y una enfermera.
El viaje hacia el Calafate es un recorrido de casi 200 kilómetros que el vehiculo devoró con voracidad de dinosaurio. De vez en cuando me incorporaba de la camilla para asomarme a la ventanilla y ver los magníficos horizontes patagónicos. Pero pronto debía acomodarme para no ser despedido de la camilla por la inercia que la ambulancia producía en cada curva del camino. En esos momentos tenía ganas de decirle al chofer que en realidad mi caso no revestía ninguna urgencia alarmante, que no era necesario tanto apuro. Pero reconocía a la vez que los conductores de ambulancias tienen el pie pesado.
En el hospital, un traumatólogo dio la indicación para una nueva placa radiográfica y la imagen determinó que se trataba de una fractura de peroné y que requería una solución quirúrgica. Además, debía usar en forma permanente por un periodo aproximado de sesenta días, una bota Walker y muletas. Por consiguiente, en tanto que la cirugía podría hacerse en unos días en Buenos Aires, Ariel y Gaby se ocuparon de conseguir los elementos indicados.
El paso siguiente, de acuerdo a la recomendación del especialista, era gestionar ante la línea aérea la autorización médica para regresar a Buenos Aires. Las compañías aéreas suelen tomar recaudos cuando viajan pasajeros con alguna patología aunque se trate de una simple fractura de tobillo. Exigen una certificación médica especial llamada Información Medica Standard para Transporte, emitida por el especialista que haya atendido el caso, la cual debe ser presentada en la empresa de vuelos para ser avalada por sus médicos auditores. Asimismo, solicitan como requisito obligatorio que una hora antes de la partida el paciente se aplique una dosis de anticoagulante para prevenir una eventual trombosis durante el viaje (que en vuelo puede ser mortal) por efecto de la despresurización del avión.
Ciertamente, estos requisitos impuestos por la compañía aérea, lejos de tranquilizarme, no hacían más que incrementar el temor a la hora de pensar en el regreso. Ignoro, en realidad, si esta sensación es común a aquellas personas que deben viajar acarreando algún problema físico, pero en mi caso puedo asegurar que no lograba controlar la aprensión de volar sabiendo que el riesgo de una trombosis me amenazaba, implacable.
El día del viaje de regreso a buenos Aires llegamos con tiempo al aeropuerto. Una vez que cumplimos con todos los trámites y requisitos administrativos, un operario de la terminal aérea me ubicó en una silla de ruedas, me condujo a la nave y las azafatas me situaron en el primer asiento (lugar que suele destinarse para madres con bebes o niños muy pequeños o para casos como el mío).
Durante el vuelo, todo el equipo disimulo la tensión ocasionada por mi estado. Si bien en el Aeropuerto del Calafate me habían aplicado la dosis de anticoagulante requerida, aun existía el riesgo de una complicación. Una de las azafatas cada vez que pasaba junto a mí se inclinaba para preguntarme si estaba bien, con mareos o algún otro malestar. Mis respuestas, afortunadamente, siempre fueron tranquilizantes. Estaba sereno y sin molestias.
Cuando la nave tocó suelo porteño, en Aeroparque se había dispuesto un operativo de traslado especial para pasajeros discapacitados. Una vez que descendieron los pasajeros, un operario  se acercó a mi asiento con una silla de ruedas para trasladarme a una grúa elevador. Era un monta carga que habitualmente se utiliza para transportar mercadería a las aeronaves. Allí, en una especie de corralito dentro de la cabina del elevador, ubicaron la silla de ruedas y así me trasladaron hasta el sector de las cintas transportadoras de equipaje, en la zona de desembarque.
Afuera, esperaba la camioneta del canal y el regreso a la vida urbana. Atrás había quedado la maravillosa experiencia de los glaciares, sus perfiles cristalinos, sus azules inolvidables.
Al día siguiente visité a un traumatólogo y tres días más tarde me colocaban una pequeña placa con cuatro tornillos para sostener con firmeza la fractura del peroné a los que, poco a poco, me fui acostumbrando.

Por cierto, las escenas del rescate tomadas por nuestro camarógrafo sirvieron para graficar la tarea valerosa, solidaria y muchas veces poco reconocida de los guías de montaña, como los rescatistas de El Chaltén, a quienes está dedicado este relato.
Sobre todo porque sin ellos… tal vez nunca hubiese podido escribirlo.